
He reflexionado sobre lo que tal vez pensaran, y hasta sintieran, muchos de los policías que reprimían con desmesurada contundencia la manifestación estudiantil del lunes 20 de febrero en Valencia y he concluido que al encontrarse en una situación de estrés agudo (para el que deberían estar muy bien adiestrados) y, probablemente, al sentirse bajo el influjo de dos estímulos contradictorios y opuestos (lo que “me ordenan” mis superiores, versus lo que me dicta “mi conciencia”), muchos pudieron sufrir un “trastorno transitorio” que desatara un primitivismo tan atávico como inherente a la condición mas irracional del ser humano, algo que en lo cotidiano se controla y se reprime en base a las normas sociales y que va íntimamente ligado a los mecanismos que regulan el estrés y modula el instinto de supervivencia.
Las “armas” de los “enemigos”
No deberíamos olvidar que los policías (a quienes no estoy defendiendo ni justificando sino solo analizo su comportamiento) recibieron aquél día órdenes del máximo responsable policial de la ciudad y éste a su vez de la Delegada de Gobierno.
Tampoco tendríamos que obviar que algo tan simple como “ocupar” una calle y obstruir el tráfico sucede con frecuencia en fiestas callejeras como las fallas valencianas o en celebraciones deportivas, casi siempre sin disponer de un permiso de la autoridad competente, y si se tiene, extralimitándose asiduamente de la zona donde debería acotarse el esparcimiento. Sin embargo, en estos casos de bullicio jocoso y no reivindicativo, la policía no carga contra las multitudes sino mas bien despeja pacíficamente las calles sin golpear con porras ni disparar pelotas de goma contra unos “enemigos” que, en estos casos, no esgrimen mas “armas” que los cucuruchos de buñuelos que van comiendo, o las típicas pancartas con las que animan a su equipo de fútbol e incluso algunas bocinas de aire.
Tampoco en la manifestación estudiantil del pasado 20 de febrero, las armas del "enemigo" fueron mas allá de un ímpetu inherente a la adolescencia, unos inofensivos libros de texto, tal vez "un poco de frío" acopiado en aulas sin calefacción y "un mucho de rabia" al ver como la administración de la Generalitat Valenciana ha despilfarrado durante años en fastos superfluos mientras ahora, arruinada, no puede hacer frente a las necesidades sociales mas básicas.
Sin represión, no hay violencia
Tengamos en cuenta que al día siguiente de la violenta carga de los antidisturbios, se produjeron nuevas manifestaciones “no autorizadas” en Valencia (esta vez para protestar por la brutalidad policial) en las que no hubo violencia por parte de nadie porque la Delegación de Gobierno no dio luz verde para que se actuara con la misma contundencia que el día anterior.
Reivindicar sin violencia y sin sometimiento.
Consideremos que acatar con sumisión hechos como los sucedidos aquél infausto día equivaldría a retroceder en el túnel del tiempo, y resignarse en silencio autorizaría a quien ostenta el poder a abusar del mismo tantas veces como quisiera.
La ciudadanía es soberana y está en su derecho de manifestar su opinión, pero no olvidemos que también también tiene la obligación de hacerlo pacíficamente y sin permitir que infiltrados ajenos a sus demandas se aprovechen su indignación para desvirtuar sus reivindicaciones y restar fuerza moral a la prebenda que les asiste a la hora de exigir sus derechos.
A poco que se reflexione se llega a la conclusión de que el esfuerzo debería ser bidireccional y no exclusivo de los manifestantes. Quienes gobiernan, y en cuyas manos está evitar que “la razón de la fuerza” reprima con violencia la “la razón del mas débil”, tienen la obligación de actuar con el mismo talante pacífico que exigen a la ciudadanía. Y si así no fuera, porque no se sabe o porque no se quiere controlar adecuadamente la situación, no solo las consecuencias serán imprevisibles sino también, tendrán como responsables a quienes no pongan los medios para evitarlas.
Alberto Soler Montagud