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martes, 14 de junio de 2016

EL VOTO VISCERAL Y LOS INDECISOS DECIDIRÁN EL 26-J






Lejos quedan los tiempos cuando se votaba como un deber y con alegría, algo que el 26-J brillará por su ausencia por culpa de la cansina campaña electoral que los ciudadanos venimos sufriendo desde diciembre y el desencanto que predispone a votar más “contra” que “a favor”, siendo que la elección del voto estará muy condicionada por el miedo que unos fomentan, el revanchismo que otros promueven o bien la rabia que ha animado a muchos a migrar de partido.

De las cuatro formaciones aspirantes a gobernar, es el PP quien menos incertidumbre siente ante el futuro, por contar con un cupo de votos fijos independientemente de la corrupción y sea quien sea quien designe el partido como cabeza de lista. Al menos, eso reflejan las encuestas que confieren al PP la pírrica satisfacción de ser el partido más votado, sin que la insufrible pasividad del pasmado Mariano Rajoy repercuta en los votos de los incondicionales.





Por su parte, la socialdemocracia representada por el PSOE —la misma que Podemos quiere usurpar en su fluctuante y engañosa indefinición ideológica— parte como la formación más damnificada del pelotón de salida al haber obtenido en diciembre sólo cinco millones y medio de votos que ponen la cosas muy difíciles para Pedro Sánchez y convierten en una apetecible quimera los siete millones que en 2011 obtuvo Rubalcaba, y que entonces se contemplaron como un fracaso.

En lo que respecta a Podemos, Pablo Iglesias ha sido maquiavélico al afianzarse —siempre según las encuestas— como la segunda fuerza política, a expensas de los votos prestados de Izquierda Unida y los trasvasados desde el PSOE, más por los errores de los socialistas que por méritos propios. Hay algo en Podemos que recuerda a lo que, en los albores de la democracia, sucedió con el PSP de Tierno Galván, aunque con ciertas diferencias. Así, el Partido Socialista Popular y Podemos coincidirían en que ambos partieron de un proyecto teórico nacido en la Universidad y sin antecedentes de un contacto con la realidad política al carecer de experiencia de gobierno. Sin embargo, y como diferencias, destaca que el partido de Tierno se definió como marxista desde sus inicios,  y también la sensatez del viejo profesor que le impulsó a asociarse con el PSOE, mientras que Pablo Iglesias —más codicioso— no sólo oculta su leninismo —sin negarlo— sino que finge tender la mano a los socialistas para luego —presuntamente— absorberlos como ha hecho con Izquierda Unida.

Y ya por último queda Ciudadanos, un pulcro y ambiguo comodín que, llegado el momento, podría apoyar tanto al PSOE como al PP, algo que Albert Rivera no se molesta en ocultar.

En esta coyuntura, todo apunta a que serán los indecisos quienes decidan la gobernabilidad el 26-J, pues según un informe publicado por El Electoral, el 9 de junio, más de 9 millones de personas aún no habían decidido su voto, y entre ellos, el 33 % dudaba entre votar al PSOE o a otro partido, lo que equivale a decir que el PSOE sería el partido con más votantes potenciales entre los indecisos. Tras él, un 25,1 % de indecisos podrían votar a Ciudadanos, un 21,9 % al PP y un 20 % a Unidos Podemos y las confluencias.

Es decir, nada estará decidido hasta la madrugada de la noche electoral cuando, según Iñaki Gabilondo, Pedro Sánchez se vea forzado a elegir entre suicidarse apoyando a Podemos o al PP, pronóstico agorero que, de entrada, parece una declaración de intenciones.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor








sábado, 23 de abril de 2016

Una aproximación psicológica al fanatismo de ciertos militantes de izquierdas






Este artículo surge porque, desde hace meses, me llegan desagradables amonestaciones por parte de un intransigente  grupo de seguidores de un nuevo partido político (nacido hace poco más de dos años y que no mencionaré para que nadie se sienta aludido más allá de lo obvio), cada vez que me muestro crítico con la formación en cuestión. La susceptibilidad a las opiniones adversas no la atribuyo a la totalidad de la militancia y simpatizantes de ese partido —por la que siento un sincero respeto— sino solo a ese subgrupo de intolerantes incapaces de ser dialogantes y educados, una minoría de fanáticos con la capacidad de armar tanto ruido que le hacen un flaco favor a su partido al convertirlo en un paradigma de la intransigencia y de la soberbia (algo en lo que ya colaboran a veces sus líderes). Confío que nadie saque falsas conclusiones ni universalice lo que sólo es discrepancia con una minoría y no con la totalidad de la militancia, pues como dijo Alejandro Jodorowsky “generalizar es un error de la mente para simplificar lo que es complejo y así poder manejarlo”, y mi tendencia no es a generalizar en modo alguno.

Lamentablemente, hay fanáticos tan incondicionales de la ideología que abrazan que suelen convertir tanto su pasión por la política como su izquierdismo en el leitmotiv de sus vidas. Tanto es así que, en pleno siglo XXI, se aferran a posturas obsoletas más propias de las movilizaciones de los años setenta —y hasta mucho más pretéritas— repitiendo clichés, hoy anacrónicos, sin reconocer que los problemas actuales de la sociedad son muy distintos a los de entonces y distintas, por tanto, las reivindicaciones a plantear por mucho que ellos insistan, con mórbida obsesión, que son las mismas y que «aquí nada ha cambiado porque no hay democracia».

Desde una perspectiva psicológica, la actuación de estos individuos es la propia de quienes entran en regresión al sentirse decepcionados —por algo o por alguien— y actuar con un venenoso resentimiento contra todos y contra todo lo que antes defendían con uñas y dientes hasta que deja de encajar con lo que ellos consideran necesario para salvar al mundo y, quien sabe, si para solucionar unos problemas personales no resueltos.

Quienes así se conducen manifiestan dos facetas completamente distintas. Una es la que muestran cuando se departe con ellos de cualquier tema ajeno a la política, una vertiente en la que pueden ser cordiales, exquisitos, amigables, empáticos, educados y hasta encantadores. Sin embargo su otra faceta, que no admite réplica, les inviste de un aura absolutista con la que desprecian las opciones antagónicas hasta considerarse a si mismo y al partido que defienden como los únicos valedores de la izquierda.

Estos salvadores de la humanidad hacen lo imposible por parecer más concienciados que nadie con el sufrimiento de los desfavorecidos, se apuntan a la ONG que más lustre aporte a su bonhomía, defienden a Greenpeace y a lo que haga falta con tal de cubrir su necesidad —tal vez sincera, no lo dudo— de estar socialmente comprometidos tanto con el ser humano como con el ecosistema, sin embargo no es difícil descubrir entre ellos a ciertos revolucionarios de pacotilla que viven instalados en un confort consumista que nada tiene que ver con sus reivindicaciones, una contradicción que ellos no llegan a percibir mientras se creen en posesión de la verdad, no toleran que nadie censure a sus líderes y difunden soflamas a diestro y siniestro en pos de una sociedad igualitaria y si fisuras.

Ya para finalizar quiero matizar que este artículo no pretende ser una crítica a una ideología o a un partido sino sólo a unas posturas extremistas equivocadas. El fanatismo existe tanto en la izquierda como en la derecha, de tal manera que quienes creen  ciegamente en lo que sus líderes promulgan, no respetan las ideologías antagónicas, no tienen ponderación en su actuaciones, no toleran las críticas ni saben formularlas sin incurrir en ofensas, son unos fanáticos en potencia.

Me despido con pensamiento de Ortega y Gasset, formulado en prólogo de La rebelión de las masas en  1937.

"Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejia moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye a falsificar más aún la realidad del presente, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías"

(Ortega y Gasset)



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

lunes, 11 de abril de 2016

Cuando condenar el terrorismo es políticamente incorrecto






Estoy de acuerdo con que se condenen ciertas actuaciones como la venta de armas por parte de Occidente a los países implicados en conflictos que propician el terrorismo islámico, pero no comparto que ésta ni otras circunstancias se utilicen para justificar los atentados yihadistas por quienes, queriendo parecer políticamente correctos, los contemplan únicamente como la consecuencia de intervenciones desacertadas por parte del mundo occidental y no como lo que es: una manifestación de la maldad basada en el terror y dirigida destruir a ciertos gobiernos y a un modelo de sociedad.

Exculpar el terrorismo enfatizando en sus causas sociopolíticas más que en la violencia en si es enmascarar la realidad. Con frecuencia, muchos hipócritas obsesionados por parecer políticamente correctos, silencian lo que en verdad piensan y ocultan su dicotomía moral respecto a temas tan delicados como la inmigración o el terrorismo. Quienes así actúan, se pierden en ambiguas argumentaciones y evitan afrontar una realidad incómoda por miedo a ser tildados de islamófobos.

Si bien es cierto que el comportamiento de Occidente es nefasto al propiciar el terrorismo a través del negocio de las armas, también lo es que la sociedad occidental sufre una epidemia de barbarie que hace más probable morir en una masacre o un asesinato como los que cada día se producen en Estados Unidos o Brasil, que no en un atentado yihadista como el  reciente de Bruselas. También es un hecho que nuestro democrático sistema ha creado unos horribles monstruos a los que ha alimentado invirtiendo millones de dólares en armarlos y entrenarlos para luego dejarlos sueltos y sufrir las consecuencias de su barbarie. Sin embargo, nada de esto debe servir para justificar el terrorismo, al menos no con la ligereza que lo hacen algunos neoprogres que, en su afán por defender los derechos del mundo musulmán, responsabilizan a los estados occidentales de los atentados islamistas casi más que a los terroristas que los perpetran.






Se da también contradicción de que algunos farsantes con moral de doble rasero, apoyan la integración de los musulmanes en nuestra sociedad pasando de puntillas sobre la lucha antiterrorista mientras, en su fuero interno, nada les incomodaría más que una colonia musulmana –con todas las consecuencias sociales, culturales y religiosas que esto implica– se instalara en su barrio.

En lo referente al terrorismo, hay sectores de la derecha que propician la xenofobia aprovechando la sensibilidad ciudadana que se produce tras un atentado. Por otro lado, a algunos radicales de izquierdas les cuesta condenar las actuaciones terroristas por no parecer xenófobos. Hay mucha confusión tanto en lo referente al terrorismo como la actitud a adoptar ante la inmigración, temas muy delicados que deberían ser afrontados con naturalidad, valentía, raciocinio, un inmenso respeto exigible a ambas partes (tolerancia a unos y voluntad de adaptación al país que los acoge a los otros) y siempre preservando los derechos humanos para conseguir que la inevitable barrera de la diferencia cultural no impida una convivencia pacífica. 



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


sábado, 12 de marzo de 2016

El Gran Hermano de Mariano, Pedro, Albert y Pablo.




Junio está a la vuelta de la esquina. Tan cerca como pocas son las ganas de volver a votar de una ciudadanía cansada de que los políticos no sepan gestionar el mensaje que recibieron el pasado diciembre a través de las urnas. Probablemente, si hoy hubiera nuevas elecciones, el porcentaje de participación bajaría y los resultados serían lo suficientemente parecidos a las anteriores para que no hubiera gobernabilidad o, por el contrario, lo suficientemente diferentes para complicarla aun más.

Pocos avances han percibido los ciudadanos más allá del pacto de mínimos consolidado por el PSOE y Ciudadanos, un acuerdo encaminado a una reforma constitucional express y un maridaje de conveniencia que no pasa de ser un gesto, pues reformar la Constitución, no nos engañemos, será imposible sin la aprobación del PP y mayoría absoluta en la cámara alta.

Guste o no guste (y no me posicionaré porque quiero que  éste sea artículo de análisis y no de opinión), el pacto entre Sánchez y Rivera es el único paso que se ha dado hasta ahora en aras de formar un gobierno, algo a lo que los populares y Podemos han respondido con una negativa a apoyar la investidura de Pedro Sánchez. Como consecuencia, se ha activado la cuenta atrás de unas más que probables elecciones, a no ser que Rajoy o Iglesias entiendan que, en situaciones como las que atravesamos, es imposible pactar sin ceder, algo que Rajoy no está dispuesto a hacer porque quiere aferrarse al poder que aun detenta, e Iglesias tampoco porque aspira a conseguir ese poder a medio plazo sin percatarse de que es difícil saltar de las tertulias televisivas a controlar un gobierno en sólo dos años y que la más inteligente estrategia por su parte, sería disimular su ambición y no exigir tanta cuota de mando como la que reclama a Pedro Sánchez.

Tras el fracaso de la investidura del candidato socialista, el Rey no piensa hacer mas designaciones —al menos de momento— y ha dejado la pelota en el tejado de los partidos políticos que, si excluimos las nuevas elecciones, tienen sólo dos alternativas: en primer lugar la llamada gran coalición que recomiendan algunos viejos (y no tan viejos) barones socialistas, y como segunda opción, el cóctel de izquierdas entre PSOE, Podemos, IU, las Mareas con la abstención de los independentistas, una variopinta mezcolanza que la derecha más conservadora considera un peligro rojo.

En cierto modo, todo está en manos de Podemos (con su férrea y única apuesta por una coalición de izquierdas) y del PP (firme en su negativa a que Sánchez sea presidente). Estamos ante una partida de ajedrez en la que la jugada de Sánchez y Rivera consiste en forzar a Pablo Iglesias para que se avenga a un acuerdo menos ambicioso que el que ahora reivindica o, en caso contrario, pasar la pelota al PP para que se abstengan en una nueva investidura del candidato socialista (algo impensable), o bien prescindan de Rajoy y propongan un nuevo candidato, en cuyo caso, tal vez Rivera lo apoyaría, como se deduce de sus recientes declaraciones, dejando colgado a Sánchez.


Conclusiones

La postura de Mariano Rajoy presenta al líder popular como un solemne irresponsable por su cobarde estrategia de renunciar a la designación real para ser él quien primero intentara formar gobierno.

Por su parte, Pedro Sánchez, acosado desde dentro por sus barones y desde fuera por las arremetidas de un Pablo Iglesias proclive a los insultos, aceptó el reto de la propuesta real en un momento en el que su carrera política parecía condenada a irse al traste. Sin embargo, el candidato socialista ha sabido gestionar la responsabilidad que le ha sido encomendada y ha consolidado una imagen de tenacidad en la consecución de sus objetivos, independientemente de los palos que le llueven de diestra y siniestra.

Albert Rivera, sin que nadie se lo haya pedido, se ha erigido como el negociador entre populares y socialistas, apostando a su vez por desmarcarse del PP para ganar credibilidad reformista de cara a su futuro electorado, y haciendo ver al mismo tiempo que piensa más en España (el centralismo y el españolismo son dos constantes presentes en la formación naranja) que en las poltronas.

Por último, nos encontramos con el provocador y singular Pablo Iglesias, un desconcertante parlamentario que desde la tribuna de oradores es capaz de comportarse —si le conviene— como un político sosegado y experimentado mientras que desde su bancada, en las interpelaciones y turnos por alusiones, adopta formas que recuerdan las exaltadas arengas de las asambleas de las facultades. El líder —y la imagen—de Podemos es un maestro de la puesta en escena, y así lo demostró cuando besó a un compañero de partido cronometrando el momento justo en que debía abandonar su escaño para que el encuentro con el receptor del ósculo se produjera justo enfrente de la bancada popular. Iglesias se comporta como un péndulo que oscila bipolarmente desde una exaltación mitinera a los mas feroces ataques (recordemos su reciente invectiva al decir que «Felipe González tiene el pasado manchado de cal viva»), para poco después, por ejemplo, manifestar sus deseos de besar a un ofendido Pedro Sánchez que, desconcertado, se esforzaba por adoptar un talante institucional que aun no le corresponde.

Es un hecho que Podemos y su elenco de actores han convertido el Parlamento, nada mas llegar, en una suerte de Gran Hermano VIP en el que los diputados de la formación morada no sienten vergüenza ni reparo al interpretar unas frívolas astracanadas que, lejos de ser improvisadas, están milimétricamente estudiadas y son impecablemente ejecutadas. Es un estilo bastante original de hacer política que encanta a sus seguidores y a nadie deja indiferente.

Pues bien, esto es lo que hay y como tal hay que tomarlo. Poco podemos hacer más que aguardar a que sus señorías lleguen a un acuerdo, y si no lo consiguen, en junio volveremos a pasar por las urnas e intentaremos votar mejor que la vez anterior aunque muchos decidan subirse al carro de la abstención por hartazgo.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


jueves, 25 de febrero de 2016

Estoy harto de que los adeptos a Podemos toleren tan mal las críticas








Estoy harto de que los adeptos a Podemos toleren tan mal las críticas

Por ser objetivo y por decir las cosas como las entiendo y no como algunos me las quieren hacer ver, sobre todo, desde que escribo artículos de opinión, me he acostumbrado a recibir críticas de algunos militantes y simpatizantes del PP, del PSOE, de Ciudadanos y de otras muchas formaciones, reproches a veces exaltados pero sin nunca llegar a la furibunda intransigencia de quienes dejan de estar de acuerdo conmigo tras descubrir que no soy de los suyos (en realidad, nunca he sido de nadie), algo que sucede cuando manifiesto mis discrepancias con Podemos y pongo en evidencia lo que muchos prosélitos del partido morado también perciben, pero silencian por su fidelidad a unos postulados que les hacen ser extremadamente sensibles a las reprobaciones e incapaces para ejercer una sana autocrítica.

En un momento determinado, me di cuenta de que escribía con libertad cuando expresaba mis opiniones sobre cualquier formación política, pero andaba con sumo cuidado –casi al límite de la autocensura­– al opinar de Podemos. El motivo no era otro que el de no herir la sensibilidad de ciertos amigos y conocidos. Fui entonces consciente de que estaba siendo víctima de una situación absurda, máxime cuando he desarrollado una democrática habilidad para escuchar  las opiniones ajenas con respeto, siempre que éstas no rebasen la línea que separa a las ideologías del fanatismo o el derecho a la libre expresión del insulto.






¿Será capaz de hacer autocrítica algún simpatizante de Podemos?

Esta es la pregunta que, retóricamente, me autoformulé en unas reflexiones que publiqué hace un par de días a colación del apoyo a la naviera Navantia por parte de José María González 'Kichi', alcalde de Cádiz, para que se construya en los astilleros gaditanos cinco corbetas de guerra destinadas al ejército de Arabia Saudí.

Escribí mis reflexiones tras leer unas declaraciones  de Kichi que parecían justificar cualquier cosa con tal de que se crearan puestos de trabajo para los gaditanos:

 «Por si alguien tenía alguna duda, este equipo de Gobierno da su apoyo a cualquier iniciativa que aumente la carga de trabajo en los astilleros de la Bahía de Cádiz”».

Añadía Kichi después, quien sabe si para acallar su conciencia:

«Sería conveniente, no obstante, que España instase a Arabia Saudí a que respete los Derechos Humanos»

Encontré contradictoria la postura del alcalde de Cádiz y manifesté mi convicción de que Kichi habría estado en contra, si la alcaldesa hubiera sido Teófila Martínez, de que el ayuntamiento diera su visto bueno a una transacción comercial con un país que, como sucede con Arabia Saudí, favorece el terrorismo, fomenta el retraso social y, con toda seguridad, empleará las corbetas para ejercer el control de una de las zonas más doloridas del orbe. Prueba de ello es que durante la campaña de las últimas elecciones municipales y autonómicas, siendo Kichi el candidato de Podemos, criticó el sistema económico basado en la industria armamentística, y denunció que el PP y el PSOE llevaran años impulsándolo.

¿Qué tiene esto que ver con la poca predisposición de Podemos para la autocrítica?

Intentaré explicarlo. Aunque en primer lugar, quiero dejar constancia de que muchos de los correligionarios de Kichi han manifestado un gran desacuerdo con su apoyo a la construcción de las cinco corbetas y su venta a un país que, según han denunciado varias ONGs, aplica un bloqueo naval a Yemen que ha provocado una grave crisis humanitaria. De hecho, varios colectivos antimilitaristas afines a Podemos, han manifestado sentirse “decepcionados” e incluso hablan de “traición” y reprochan a José María Gonzáles su doble vara de medir.

Sin embargo, cuando anteayer denuncié personalmente estos hechos en el artículo mencionado más arriba, me encontré con una reacción frenética —incluso iracunda— por parte de algunos simpatizantes de Podemos que me dijeron de todo. Fue esperpéntico que alguien, a quien tengo por una persona inteligente, justificara a Kichi argumentando que «con un paro del 50%, cualquier trabajo es bienvenido ya que la industria de guerra en el mundo forma parte del 65% de la producción industrial, y luchar contra esa injusticia no se hace criticando a un alcalde progresista sino cambiando gobiernos corruptos». Estoy convencido de quien vertió tan desafortunada argumentación habría encabezado un revuelo de críticas si el alcalde reprobado hubiera sido ajeno a Podemos.

¿Por qué son tan sensibles los simpatizantes de Podemos a las opiniones adversas?

¿Por qué coronan las ilustres testas del partido de Pablo Iglesias con una imposible aureola de infalibilidad, sin ser capaces de asumir que la perfección no existe y aun menos en política?

Me consta que no soy el único que se plantea estas cuestiones, pues son ya varias las voces que se han alzado señalando —y denunciando— la hipersensibilidad a las críticas por parte de una formación que, aunque curiosamente naciera criticando a los demás en los platós de televisión, no soporta ser cuestionada, algo que queda mucho más de manifiesto en los adeptos y simpatizantes pertenecientes a las bases que en los políticos quienes, en muchas ocasiones, han demostrado tener cierta capacidad de autocrítica.

Dejaré que sea el lector quien extraiga sus propias conclusiones.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

miércoles, 17 de febrero de 2016

"MADRE NUESTRA QUES ESTÁS EN CELO, SANTIFICADO SEA TU COÑO... "






EL AYUNTAMIENTO DE BARCELONA SE RIE DE LOS CRISTIANOS RECITANDO UN POEMA OBSCENO (BURLA DEL PADRENUESTRO)  EN EL 'SALÓ DE CENT' CON LA BENDICIÓN Y APLAUSOS DE LA ALCALDESA ADA COLAU.



Madre nuestra que estas en el celo
sea santificado vuestro coño
la epidural la comadrona


Venga a nosotros vuestra llamada
vuestro amor, vuestra fuerza

Hágase su voluntad en nuestro útero
sobre la tierra


Nuestro día de cada día, denos hoy
y no permitáis que los hijos de puta
aborten el amor, hagan la guerra

Lliberémonos
por los siglos de los siglos.


Vagina...Vamos


Ada Colau bendijo el pasado lunes, con sus aplausos y con su complicidad, un acto presuntamente poético en el que se hizo una burla obscena del cristianismo. Tuvo lugar el Ayuntamiento de Barcelona y estuvo a cargo de la poetisa Dolors Miquel quien leyó, en el Saló de Cent del Ajuntament (en la ceremonia de la entrega de los Premios Ciutat de Barcelona) una 'obra de arte poético' con la que parodiaba el Padrenuestro cristiano. 

Comenzaba con estos versos:

"Madre nuestra que estáis en celo, 
sea santificado vuestro coño, 
la epidural, 
la comadrona ..."

Personalmente abogo con férrea convicción por el laicismo, la separación total iglesia-estado, la eliminación de cualquier prebenda fiscal a todas las confesiones religiosas, pero también defiendo el derecho de cada cual a ser respetado en sus creencias y me opongo a que una presunta poetisa, con la connivencia de una alcaldesa, por muy modernas que sean las dos, se mofen de una creencia que libremente tiene derecho a elegir y profesar cualquier ciudadano.

Insisto que digo esto desde la convicción laica en la que milito. 

Ada Colau debería ser coherente y convocar un certamen poético donde los rapsodas se mofaran también de otras religiones.

¿Se atreve usted, alcaldesa, a reírse de la religión musulmana, por ejemplo, para hacer boca? 
¿Tiene usted valor para hacerlo señora Colau?

¿Le sale del coño?



Podemos bloquea maquiavélicamente el pacto de izquierdas que finge querer.






Durante su comparecencia ante los medios de comunicación del pasado lunes, Pablo Iglesias se esforzó por dar la impresión de que nada mundo le importaba más que llegar a un acuerdo con Pedro Sánchez (“me voy a dejar la piel para lograr un acuerdo con Sánchez”) y se mostró incluso leal (“espero de corazón que Pedro Sánchez sea mi presidente”) durante el acto de presentación del documento con el que pretende negociar con el candidato socialista para formar un Gobierno de coalición (documento que hizo llegar a los líderes de las principales fuerzas políticas, incluido Sánchez, antes de convocar la rueda de prensa).

Sin embargo, y tras una aparente actitud conciliadora, era fácil descubrir en Iglesias una puesta en escena en la que se había estudiado hasta el nudo de la corbata medio suelta que exhibía,  pues si bien su talante y las palabras que empleaba parecían mediadoras y bienintencionadas, su lenguaje no verbal era el de un macho alfa autoritario escoltado por una guardia pretoriana (tal cual ya sucedió en la rueda de prensa que concedió tras su  entrevista con el rey), un negociador severo que exigía para si una súper-vicepresidencia desde la que, además del CNI, el CIS, el BOE y RTVE, pudiera coordinar a policías y jueces contra la corrupción a través de unas atribuciones más propias de un primer ministro que de un número dos del Gobierno.

Escuchando y viendo actuar a Pablo, me reafirmé en la convicción de que su intención era obtener la máxima cuota de poder o, en el peor (o tal vez mejor) de los casos, allanar el terreno para unas nuevas elecciones que, según todos los sondeos, beneficiarían a Podemos. Es decir, sibilinamente, Iglesias mostraba interés por lograr un gobierno del cambio cuando, en realidad, lo que hacía era bloquearlo a base de plantear exigencias imposibles en sus propuestas.

No deberíamos llevarnos a engaño con el juego de tronos que desde el 20-D han puesto en marcha Podemos, PSOE, Ciudadanos y también el Partido Popular a través de  un conato de falsas negociaciones que funcionas más por recados transmitidos en ruedas de prensa o tertulias que no a través de auténticas comisiones de trabajo. Se trata de un juego de poder en el que, aparentemente, todo está en manos de Podemos sin que tengan un interés real por llegar a ningún pacto, algo que ya quedó en evidencia por la soberbia de Pablo Iglesias en su primera rueda de prensa y que también se ha puesto de manifiesto en la de este lunes.

Todo apunta a que Podemos se encuentra en la segunda fase de su implantación como gran partido (la primera fue acabar con Izquierda Unida), una fase en la que es palmaria su obsesión por provocar una división interna en el PSOE para luego machacarlo en unas elecciones anticipadas, y también una fase en la que, de momento, a Podemos le sería indiferente que el PP gobernara de nuevo  o no, cuando lo prioritario para ellos es convertirse en la primera fuerza de la izquierda como en su día lo fuera el PSOE. Luego vendría la tercera fase, es decir, vencer a la derecha o alternarse con ella en el poder si este fuera el caso. Así de sencillo, aunque, en cualquier caso, lo que finalmente ocurra no sólo dependerá de Podemos sino de la capacidad del resto de la izquierda para trabajar unida y, por supuesto, en manos del electorado si de nuevo se le convoca a las urnas.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor