domingo, 29 de noviembre de 2015

Rajoy o la cobardía de un presidente









Es un hecho que Mariano Rajoy no piensa comprometerse en la lucha contra el yihadismo ni tampoco relevar con tropas españolas a las francesas destinadas en África hasta después de la elecciones generales. En este sentido, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría fue explícita en la rueda de prensa del último viernes,  día 27 de noviembre, al declarar que Rajoy y Hollande no mantendrían ninguna reunión a pesar de que ambos estadistas iban a coincidir en dos cumbres internacionales, una de ellas ese mismo fin de semana. Consideremos que el presidente francés ha mantenido una ronda de entrevistas con líderes de varios países para buscar apoyo en su lucha contra el terrorismo islámico, una tanda de cumbres bilaterales de las que Francia ha excluido al presidente español, oficialmente porque el gobierno galo «entiende» que es delicado que a un país en vísperas de elecciones generales «no le sea fácil tomar decisiones» de gran calado como la de participar en un conflicto bélico. Sin embargo, y aunque aparentemente quede justificada la pasividad española, es perceptible cierta decepción por parte de Francia ante la indefinición de Rajoy y de su gobierno, así como el hecho de que su único gesto haya sido hacer una llamada telefónica tras los atentados del 13-N para ofrecer a Hollande toda la ayuda necesaria, aunque tácitamente quede claro que España no hará nada hasta después del 20-D.

Son muchos quienes consideran a Rajoy un cobarde por supeditar su miedo a perder las elecciones a algo tan simple como sería pronunciarse con un o con un no a una intervención militar de España como respuesta al ataque terrorista a Francia. En este sentido, también la postura de Pedro Sánchez está siendo algo imprecisa y sólo Albert Rivera y Pablo Iglesias se han pronunciado con más claridad, el primero a favor de una intervención y el segundo reafirmándose en la vía del dialogo y en no responder con violencia a la violencia.

Pero, volviendo de nuevo a Rajoy, esta indefinición, tan propia de su conocida ambigüedad, ha sido censurada por los líderes de los demás partidos al criticar su proclividad a esconderse cuando surgen problemas y no mojarse por nada, o al menos, no hacerlo como se esperaría de un hombre de Estado capaz de transmitir credibilidad y confianza.

La imagen de España ha quedado dañado al no saber otorgarle su presidente una entidad propia y bien definida en lo que a política internacional respecta. Transcurridas más de dos semanas desde los atentados parisinos, Rajoy aun no ha matizado cual es su postura, sólo transmite ambigüedades e inseguridad con su perplejidad y ha creado un escenario donde su lentitud de respuesta y sus indecisos titubeos, hacen de él un político pusilánime que ni siquiera es capaz de participar en un debate a cuatro bandas por miedo a enfrentarse cara a cara con sus oponentes.

En resumidas cuentas, Rajoy se está comportando como el hombre gris que aparenta ser, un mediocre estadista que cuando surgen dificultades se parapeta detrás del gobierno y de las instituciones, y delega en otros la responsabilidad de dar explicaciones convincentes a su modo de gobernar.

Por ello, es normal que muchos españoles sientan vergüenza al comprobar la seguridad y la rapidez con que los presidentes de otros países comparecen ante la ciudadanía en aquellas situaciones que afectan a la seguridad nacional, infunden tranquilidad y adoptan con prontitud las decisiones propias de un hombre de Estado. Personalmente, sentí vergüenza hace once años cuando, tras el atentado del 11-M de 2004 a sólo tres días de unas elecciones generales, la primera reacción del entonces gobierno del PP fue descartar la autoría por parte de una célula islámica para evitar las repercusiones electorales del compromiso que Aznar había contraído en la cumbre de las Azores. Del mismo modo, hoy, mientras hago estas reflexiones, he vuelto a sentir vergüenza ante la tibieza y el eterno laissez faire, laissez passer de Mariano Rajoy, un hombre que durante cuatro años de mayoría absoluta no ha querido consensuar con nadie y que ahora, angustiado ante una situación que le rebasa y con miedo a asumir responsabilidades, no se sonroja al convocar a aquellos a quienes antes dio largas y hasta negó su legitimidad por no tener representación parlamentaria, los mismos con los que ahora quiere pactar y, paradójicamente, los mismos con quienes tiene miedo de celebrar un debate electoral. 

Esto es de locos y, definitivamente, Mariano Rajoy se ha ganado a pulso el triste mérito de ser el peor presidente de nuestra reciente democracia.




Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

lunes, 23 de noviembre de 2015

Rajoy podría repetir como presidente con la ayuda de Ciudadanos





Según se desprende de la última encuesta de opinión realizada por Sigma Dos para Mediaset, así como de un estudio de JM&A elaborado para el diario Público, es más que probable que en las próximas elecciones generales, el PP sea  el partido más votado y Ciudadanos el segundo en votos (aunque no en diputados), una circunstancia que daría a Albert Rivera la excusa perfecta para apoyar a Mariano Rajoy en su hipotética investidura como presidente. «Aunque no coincidamos en nuestros planteamientos, damos el sí a la candidatura de Mariano Rajoy por la coherencia democrática de permitir gobernar al partido más votado». Este podría ser el argumento que tras el 20 de diciembre esgrimiera Ciudadanos como coartada de un previsible pacto con los populares en el que Rajoy no mandaría y Rivera le podría exigir desde ser él el presidente o bien acordar una alternancia bianual. Sea cual fuera el acuerdo, lo cierto es que vendría precedido de una dura negociación en la que el PP se vería contra las cuerdas ante la imposibilidad matemática de pactar con ningún otro partido ya que, desde 2011, no sólo ha perdido la mayoría absoluta sino también 65 escaños y cuatro millones de votos.

En la encuesta de Mediaset, al ser preguntados por el pacto que preferirían, los encuestados se muestran mayoritariamente favorables a una coalición PP-Ciudadanos (29,3%), quedando en segundo lugar una alianza entre PSOE-Podemos (24,9%) que no permitiría un gobierno de izquierdas ya que la suma de escaños entre ambas formaciones no alcanza el mínimo necesario, y en tercer lugar la unión PSOE-Ciudadanos (20,9%) que sólo sería viable si entre las dos formaciones consiguieran los cinco escaños que le faltan a la hipotética coalición para poder gobernar.

Una interpretación rápida de estos sondeos nos lleva a la conclusión de que la llave del próximo gobierno 2015-2019 la tendría Ciudadanos si nada cambia en las próximas semanas, un mes corto en el que, probablemente, el partido que lidera Albert Rivera podría captar aun más votos (sobre todo del PP, pero muchos también del PSOE) gracias a su efectivo —y también populista— gancho de presentarse como un partido de centro-centro o bien de centro- izquierda según  lo exija la receptividad del auditorio al que vaya dirigido su mensaje, una estrategia que les ha dado un excelente resultado en su fulgurante ascensión, muy a pesar de la extraña paradoja de que nieguen ser de derechas mientras que en los estudios demoscópicos, la ciudadanía los considera mayoritariamente como un partido conservador.

Aunque todo apunta (tertulias, artículos, opinión en la calle…) a que el bipartidismo ha pasado a mejor vida, a título personal  tengo la sensación de que mas que desaparecer, ha evolucionado hacia una nueva variante de bipartidismo con bisagra, en cierto modo similar al que existía cuando el PNV o CiU decidían quien gobernaría en España, con la salvedad de que en esta nueva situación, el retorno a las mayorías absolutas parece improbable a medio plazo y deja la balanza de la gobernabilidad en manos de un partido ideológicamente indefinido como es Ciudadanos. Otra diferencia con aquella época, cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad, es que el poder de los partidos nacionalistas era tan limitado como escaso su número de diputados, mientras que en la actualidad, Ciudadanos es un partido que puede seguir creciendo e incluso superar al PP o al PSOE en un breve plazo de tiempo.

Sea como fuere, es muy probable que todas las cartas estén ya sobre la mesa, que todo esté decidido según vaticinan los sondeos y que en los veintisiete días que quedan para las elecciones, muy poco puedan hacer los partidos que aspiran a gobernar siendo que las campañas electorales son más testimoniales que efectivas y que quienes acuden a los mítines lo hacen con un voto decidido que hace innecesario el esfuerzo de los políticos que durante dos semanas se dedican a besar niños y se dejan la voz lanzando consignas a grito pelado a quienes no tienen necesidad alguna de ser convencidos de nada.

Como sé que muchos lectores habrán notado en falta una mención a Podemos, Izquierda Unida e incluso a la casi extinta UPyD y los partidos nacionalistas, que nadie crea que he tenido un despiste, pues la omisión ha sido intencionada habida cuenta de que, con la calculadora de contar diputados en la mano, he estimado que poco o mas bien nada de lo que suceda tras el recuento electoral de la noche del 20-D dependerá de estas formaciones.

Como colofón, me gustaría matizar que el motivo por el que he escrito este artículo es mi convicción de que Mariano Rajoy ha sido el peor y el más gris presidente de gobierno que hemos tenido en estos casi cuarenta años de democracia, circunstancia por la cual me preocupa que este señor pudiera apoltronarse cuatro años más en la Moncloa.

Desde una perspectiva nada agorera aunque sí realista, ignoro si aun sería posible hacer algo por evitar que vuelva a ser presidente un candidato tan desaborido e inepto cuyo mayor mérito es su triste récord de promesas electorales incumplidas, así como un exasperante retardo en la toma de decisiones y una imagen carente de carisma que en nada ayuda a transmitir tranquilidad a la ciudadanía en los momentos de incertidumbre.

Confío que este artículo ayude a reflexionar a quienes aun no han decidido su voto y, sobre todo, a quienes no piensan votar a pesar de estar descontentos con la situación socio-política que desde hace años atraviesa nuestro país.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

domingo, 8 de noviembre de 2015

Eutanasia: lo que opinan los partidos políticos en vísperas de elecciones







A sólo mes y medio para que llegue el 20 de diciembre, me ha llamado la atención escuchar en un telediario que Ciudadanos y Podemos proponen legalizar la marihuana justo ahora, en vísperas electorales. La noticia me ha parecido tan oportunista, electoralista y hasta frívola que cuando la he cotejado con muchas de las verdaderas necesidades de la ciudadanía he sentido rabia y tristeza.

Reflexionando sobre las ofertas –muchas de ellas absurdas— de los partidos políticos, obsesionados por conseguir votos en las semanas previas a las elecciones, me he decidido a escribir este articulo sobre como contemplan las distintas formaciones, en sus programas electorales, un tema tan serio y apremiante como es la legalización, la regulación y la despenalización de la eutanasia.  

El derecho a una muerte digna es una necesidad que todos los días afecta a un sector de la población que sufre dolor físico y moral en los estadios terminales de enfermedades mortales, así como a sus seres queridos, impotentes ante la dolorosa agonía por una espera que se eterniza cuando el sufrimiento podría ser aliviado y evitable.

Es encomiable el esfuerzo que desde 1984 realiza la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) para sensibilizar a la población y a los partidos políticos para que incluyan la eutanasia en sus respectivos programas. Se trata de una asociación sin ánimo de lucro (cuyo presidente de honor es el filósofo y escritor Salvador Pániker y su presidente el doctor Luis Montes Mieza)  dedicada a promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, y a elegir libre y legalmente el momento y los medios para finalizarla, así como para defender el derecho de los enfermos terminales e irreversibles a morir sin sufrimientos, si este es su deseo expreso.

Aprovechando que nos encontramos en campaña preelectoral, DMD está celebrando una serie de debates-coloquios a los que invita a representantes de todos los partidos políticos, sin excepción, para conocer cual es su postura programática ante la eutanasia e intentar sensibilizarlos frente a un problema real para el que, según una encuesta específica del CIS, el 73,6% de la población reclama una ley de eutanasia y el 80,5% considera que la legislación debería autorizar a los médicos para que puedan poner fin a la vida y a los sufrimientos del paciente que libremente lo solicite.

Hace muy pocos días, el pasado martes 2 de noviembre, tuvo lugar una de estas reuniones en el Aula Magna de La Nau, en la Universidad de Valencia, y me llamó la atención (viene siendo la tónica constante) que tanto el PP como Ciudadanos declinaran la invitación alegando problemas de agenda, mientras que el resto de partidos convocados acudieron sin excepción tanto a éste debate como a los que se vienen celebrando en casi todas las ciudades del territorio nacional.
Es un hecho que la postura ante la eutanasia divide a la derecha y la izquierda y que la postura de la Iglesia católica tiene que ver mucho al respecto. En este sentido, Francisco Delgado, presidente de Europa Laica, criticaba recientemente que la Iglesia propicie la penalización de la eutanasia porque, según dijo, «vivimos en un Estado confesional dentro de una Constitución aconfesional».
Es muy significativo que ni Ciudadanos ni el Partido Popular mencionen la eutanasia en sus programas electorales. Tampoco el programa de UPyD hace, de momento, ninguna alusión al tema.

Respecto al PSOE, en el debate de las primarias socialistas de 2014, Pedro Sánchez prometió que, si llegaba a ser presidente de Gobierno impulsaría una «ley de muerte digna», la misma promesa que en 2004 Rodríguez Zapatero incorporó a su programa y que jamás llegó a cumplir, pues la postura de los socialistas ante este tema siempre ha sido más de intenciones que de hechos. Es por ello que parece reiterativo que, una vez mas en campaña electoral, el PSOE se muestre sensible ante este problema aunque sin matizar el contenido de una hipotética ley ante la que los socialistas sólo han dado bandazos indefinidos, a excepción de la contundencia con que en su día se pronunció el ministro de Bernat Soria, quien llegó a anunciar una comisión de expertos y solicitó unan amplia encuesta del CIS para pulsar la opinión ciudadana sobre la eutanasia antes de ser cesado y sustituido por Trinidad Jiménez.

En su programa, Izquierda Unida considera como derechos ciudadanos a los cuidados paliativos, el tratamiento del dolor, la privacidad y la titularidad de la historia clínica así como el derecho a una muerte digna.

Por su parte, Podemos establece el derecho a una muerte digna, mediante la elaboración y ejecución de un plan de cuidados paliativos que reconozca y aborde el derecho a morir sin dolor, con dignidad y evitando el encarnizamiento terapéutico, así como el respeto y la defensa de las personas en su derecho a decidir qué asistencia sanitaria quieren recibir en el momento próximo a la muerte, expresado en un registro de últimas voluntades, que se considerará vinculante, será respetado por los profesionales sanitarios y constará en la historia clínica del paciente.



Siendo que estamos a punto de ser tentados con el sin fin de caramelos que los partidos políticos nos van a ofrecer a cambio de nuestro voto (desde puestos de trabajo por doquier y una bajada general de impuestos hasta la legalización de la marihuana) quisiera reclamar el respeto que merecen quienes cada día sufren para morir, permitirles que puedan hacerlo en paz y sin dolor, que los políticos antepongan las auténticas necesidades a la hora de hacer y priorizar sus ofertas y que, por una vez, afronten la eutanasia con realismo y con la verdad por delante; que no se limiten a hacer promesas electorales para regularizarla, que promuevan y validen el testamento vital y que reconozcan el derecho a una muerte digna muy por encima de otros asuntos que, sin duda tendrán gran valor político pero carecen de trascendencia para la dignidad humana.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


lunes, 19 de octubre de 2015

Epístola profana al arzobispo Cañizares








Señor arzobispo Antonio Cañizares:

Soy consciente del frío y nada protocolario “señor arzobispo” con que encabezo esta epístola profana (no le confiero el trato de eminentísimo reverendísimo, ilustrísimo o excelencia) pero he optado por dejar constancia, ya desde el principio, de que su rango jerárquico, y tal vez su persona, no me merecen respeto alguno.

Dejé de respetarle hace mucho tiempo, desde aquellas fotografías en las que apareció usted ataviado –¿o debería decir disfrazado?– con una capa magna de color rojo y más de cinco metros de longitud, con la que, mas que príncipe de la Iglesia, parecía usted la princesa Diana el día de su boda con Carlos de Inglaterra. Dicen los teólogos que el alma humana aspira a alcanzar un elevado y superior ideal al que se puede llegar a través de dos caminos, el de la humildad o el de la soberbia, un pecado por el que usted se dejó arrastrar, concomido por la ambición de mostrarse como superior al resto de los mortales, el día que se emperifolló de aquella grotesca guisa.

Dejé también de respetarlo cada vez que leía en la prensa alguna de sus declaraciones homófobas
tan dañinas, y propias del sector ultraconservador de la jerarquía eclesiástica al que usted pertenece. Por cierto, señor Cañizares, cuánta hipocresía la de su Iglesia y que cruel el dolor que usted y sus afines han infligido al hacerse los ciegos desde su farisaica mojigatería al no reconocer que en el clero abundan los homosexuales y que la Iglesia es un refugio encubierto de gays, algo sabido por todos y que ustedes callan mientras condenan la homosexualidad como aberración y pecado.

Pero no es la soberbia, ni tampoco su hipócrita homofobia el motivo por el que le dedico esta epístola, sino por la carencia de amor al prójimo que ha puesto de manfiesto en sus recientes declaraciones en el Fórum Europa Tribuna Mediterránea donde, además de atreverse a afirmar que no ha aumentado la pobreza en España en «las proporciones tan enormes que dicen [porque no veo] a la gente pidiendo en la calle más que antes y no veo a más gente viviendo debajo de un puente» y afirmar que la recuperación económica en estos últimos cuatro años de recortes sociales es una realidad, aunque usted reniegue de entrar en «connotaciones políticas».
La iniciativa de esta epístola profana hay surgió cuando usted advirtió, en el Forum Europa, sobre el peligro de la masiva acogida de refugiados procedentes desde países como Siria, una invasión que sin vergüenza ni caridad, comparó con un Caballo de Troya para Europa. Dijo textualmente: «Seamos lúcidos y no dejemos pasar todo porque hoy puede ser algo que quede muy bien, pero que realmente sea un caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y en concreto la española» para, acto seguido, preguntarse con su vocecita meliflua y amanerada si «¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio?; ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años, siendo que con la que viene ahora no se puede jugar [porque] no se puede jugar con la historia ni con la identidad de los pueblos».

Ante la idea de que un príncipe de la Iglesia católica pudiera considerar que el cuerpecito muerto del pequeño Aylad Kurdi  no era trigo limpio sino una especie de alien salido de un maléfico Caballo de Troya, fueron tantas las reacciones de repulsa que, finalmente, no ha tenido usted más remedio que cambiar de registro (imagino que sometido a presión y en contra de sus ideas) para pedir «perdón a los muy queridos refugiados, perseguidos y emigrantes venidos a España en los últimos meses». Con un teatral victimismo lamenta el linchamiento que ha sufrido tras haberse «manipulado» una palabras que niega haber pronunciado —un nuevo pecado a añadir a la lista, esta vez la mentira— sin reparar en lo fácil que es volver a escuchar lo que dijo a través de los videos que pululan por la red.

Ay señor arzobispo, cuan viperina y emponzoñada se ha mostrado su parlanchina lengua durante estos últimos días. Es obvio que no se ha parado a reflexionar en el gran parecido que deberían tener aquellos desharrapados que seguían a Jesús de Nazaret (discípulos y apóstoles incluidos) cuya apariencia física, fisonómica y étnica (consideremos que Siria es un país del entorno neotestamentario) los haría hoy indistinguibles de los parias a los que usted abomina por no ser trigo limpio. No quiere admitir, señor arzobispo, que tal vez  el mismo Jesús sea uno de los ancianos o niños sirios, afganos, palestinos o sirios, y también uno de los hombres y mujeres que huyen de una guerra cruel y de una muerte segura. ¿Quién se lanzaría a un éxodo tan doloroso y abandonaría sus raíces si no fuera por pura supervivencia y por instinto de protección propio y de sus seres queridos? ¿Cómo un presunto hombre de Dios y para más señas arzobispo y cardenal ha podido ser tan cruel al hablar de un modo tan despreciativo de unos seres humanos que sufren horribles penurias? ¿Dónde queda la caridad cristiana tras sus declaraciones?

Soberbia, hipocresía, falta de caridad y mentira son cuatro de los pecados que se le pueden atribuir a la luz de lo expuesto en esta epístola profana, pero estoy convencido que de haber sido más extensa, habrían aflorado muchos más, no obstante, considero oportuno poner punto y final a la misma. Usted, señor Cañizares, tiene la ventaja de creer en un dios que le perdonará todas las barbaridades que profirió en el Forum Europa, pero quiero dejarle constancia de que quien esto escribe es incapaz de otorgarle perdón alguno por ello.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


domingo, 11 de octubre de 2015

INVERTIR EN ATENCIÓN PRIMARIA REDUCIRÍA EL GASTO SANITARIO







Invertir más en atención primaria reduciría la saturación de las urgencias hospitalarias y las listas de espera de los especialistas.


En mis más de treinta años de experiencia como médico en atención primaria he adquirido, empíricamente, los conocimientos de gestión sanitaria necesarios (sin haberme dedicado a esta parcela ni haber tenido vocación para hacerlo, aunque sí alguna propuesta rechazada por mi parte) para elaborar unas convicciones surgidas en el día a día de contacto con los pacientes, tanto en atención continuada como en atención de urgencias. Una de ellas es la certidumbre de que  cada euro que se invierte en recursos humanos e infraestructura de atención primaria, redunda en un beneficio que repercute –entre otros muchos– en la desmasificación de las listas de espera de los especialistas y en la descongestión de las urgencias hospitalarias, con el consiguiente beneficio para la calidad asistencial y la reducción en el gasto sanitario.

A pesar de que los modelos sanitarios sean distintos, es constatable que los problemas que afectan a la medicina familiar y comunitaria son muy similares en todos los países de nuestro entorno; del mismo modo coinciden los motivos que hacen acudir a los pacientes de la Europa comunitaria a los centros de salud.

Aunque las respuestas de cada sistema sanitario varíen según la medicina esté socializada (como en España y el Reino Unido), o sea más libre como en Francia y Alemania, por regla general, se constata también que las quejas de los usuarios y de los profesionales son las mismas.

En España se produjo un considerable cambio en la atención primaria con la reforma llevada a cabo a finales de los años ochenta y principios de los noventa (progresivamente y variando en el tiempo según distintas comunidades autónomas) consistente en la transición desde el modelo tradicional de los ambulatorios y los consultorios rurales (por lo general, la casa del médico) vigentes desde el franquismo, a los modernos Centros de Salud actualmente vigentes. Sin embargo, y pese a la clara mejoría que supuso aquél cambio de modelo, los problemas asistenciales en atención primaria se han ido acentuando, sobre todo durante la última década, plasmándose a través de indicadores como la masificación de los centros de salud, la demora en conseguir cita y la consiguiente saturación de los servicios de urgencias de atención primaria a los que se acude por patologías banales que deberían haberse resuelto por el médico de cabecera ese mismo día.

Otro de los problemas que afectan a la atención primaria (y que repercute en el anterior) es que no se sustituye a los médicos de familia ausentes por bajas o vacaciones, o se hace sólo de forma parcial, repercutiendo en una sobrecarga de trabajo para el equipo de atención primaria al no aumentarse la plantilla en estas situaciones excepcionales.

Es encomiable que pese a esta frecuente contingencia, la asistencia que se presta siga siendo de la mejor calidad –según la opinión que de los médicos de familia tienen sus pacientes– gracias al esfuerzo de los profesionales a costa de incrementar las probabilidades de quemarse en su trabajo desarrollando un síndrome de burnout por el estrés continuado a que se ven sometidos en su trabajo y que acaba repercutiendo en un bajo rendimiento e incluso en bajas laborales que agravan el problema al no ser sustituidas muchas veces por falta de recursos.

Es incuestionable que la crisis económica ha repercutido en la merma presupuestaria que penaliza a las inversiones en sanidad, sin embargo, a pesar de la escasez de recursos para sustituciones y de que apenas se creen nuevas plazas, los cupos están hoy mejor dismensionados que hace unos años.

No obstante, el esfuerzo por parte de la administración en la gestión sanitaria, debería centrarse en potenciar la inversión en las bases de la sanidad, es decir, en la atención primaria, aumentando los recursos humanos y confiriendo al personal más autonomía en la solicitud de pruebas, evidentemente incrementando la plantilla en función de las nuevas competencias que cada centro de salud asuma.

Si los médicos de familia pudieran solicitar más pruebas (actualmente limitadas a especialistas y penalizadas con exasperantes listas de espera), serían más resolutivos en su capacidad para diagnosticar enfermedades y se acortaría el tiempo de inicio para tratarlas adecuadamente, descongestionándose así las consultas de los especialistas y las visitas a urgencias y a las consultas externas de los hospitales.  

Aunque, evidentemente, esto no se puede aplicar a todos los casos ni a todas las enfermedades, siempre será más rápido, barato y satisfactorio para el paciente tratar cualquier patología en atención primaria que en especializada, al menos tal y como actualmente funciona nuestro sistema de salud.

En esta propuesta de potenciar la inversión en atención primaria, es de suma importancia contar con la colaboración de los usuarios del sistema con una adecuada educación sanitaria que les enseñe a utilizar racionalmente los recursos sanitarios y no hacer un abuso de ellos, máxime en una situación de escasez presupuestaria y penuria económica como la actual en la que aun nos esperan años de vacas flacas en los que la asistencia sanitaria se podría resentir si no hubiera una actuación eficiente de los gestores y un uso racional por parte de los usuarios del sistema.

El objetivo de las reflexiones planteadas y expuestas en este artículo no es otro que intentar convencer a las autoridades sanitarias de que es más rentable invertir en la atención primaria que en los hospitales, último y más elevado y caro nivel asistencial que debería siempre reservarse para aquellas patologías que por su complejidad o mala evolución, sean competencia de una atención especializada y no del médico de atención primaria.

En este sentido, la WONCA (World Organization of Family Doctors), una organización internacional que reúne las universidades, academias y asociaciones interesadas en la práctica de la  medicina de familia y medicina general, elaboró un manifiesto en 2010 solicitando que los distintos países europeos destinasen más presupuesto económico a esta parcela sanitaria.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor





lunes, 5 de octubre de 2015

En busca de un Presidente con carisma





Aunque es obvio que no sólo basta con tener buena imagen para gobernar un país, en la entrevista que el pasado sábado le hizo Silvia Intxaurrondo a Pedro Sánchez en el programa Un Tiempo Nuevo, el líder socialista dejó constancia de su saber estar y su espontánea naturalidad al ofrecer un discurso coherente que, desde una perspectiva exclusivamente de marketing electoral, le posicionó como un líder con gran carisma de cara a las elecciones de próximo del 20 de diciembre. Todo ello, claro está, con el permiso del respetable, pues una cosa es que Sánchez tenga carisma y eficacia comunicativa y la otra que acabe siendo el aspirante más votado el 20-D.

Analizando su intervención sólo desde una perspectiva formal, el número uno del PSOE supo convencer en su comparecencia televisiva independientemente de cual fuera su mensaje.  Ya el pasado mes junio sorprendió el despliegue de medios que derrochó el PSOE al presentar la candidatura de Pedro Sánchez a la presidencia de gobierno con una aparición triunfalista muy a la americana en el Circo Price de Madrid, ofreciendo la imagen de un hombre próximo cuyo aspecto humano (agradecimientos a sus padres, hermanos, hijas y esposa) confería credibilidad a sus propuestas y confirmaba la madera de líder de un candidato que se mostró como un ganador desde su entrada entre aplausos, sonriente y saludando en medio de una puesta en escena que dio paso a la proyección una bandera de España de proporciones descomunales como telón de fondo del acto (un político de izquierda orgulloso de la bandera nacional) que mostraba a Pedro Sánchez más como hombre de Estado que como aspirante.

Mientras seguía la entrevista a Pedro Sánchez realizada por Silvia Intxaurrondo y los periodistas que la acompañaban, caí en la cuenta de que la campaña de lanzamiento de Pedro Sánchez había comenzado en aquel propagandístico acto del Circo Price, sobre todo cuando el candidato invitó a su esposa (una mujer joven, atractiva y con mucha soltura que reforzaba la sensación de seguridad que trasmitía su esposo) a que subiera al escenario donde ambos se cogieron de la mano, al mas puro estilo Obama y Michelle, un gesto que veremos varias veces –y si no, al tiempo– a lo largo de la campaña electoral de diciembre, dirigido captar simpatías, transmitir confianza y recuperar para el PSOE el máximo número de votos perdidos.

Es de pura lógica que la angustiosa situación socioeconómica que atraviesan el país y su ciudadanía nunca se solucionará con el carisma que aporte un nuevo presidente, sin embargo, también es un hecho que la propaganda electoral influye mucho en la decisión final de voto y que los socialistas tienen en Sánchez una baza importante a tal efecto, sobre todo si consideramos que su rival más directo, Mariano Rajoy, no transmite seguridad sino mas bien mediocridad y rechazo a la vista de la baja puntuación que como líder obtiene en los sondeos de opinión.

También Pedro Sánchez le saca cierta ventaja a Pablo Iglesias al ofrecer una imagen progresista que el electorado de centro y centro-izquierda percibe como más tranquilizadora y alejada del rupturismo radical de Podemos que la derecha se ha encargado de propagar a través de campañas de miedo dirigidas a presentar al nuevo partido como un peligro populista y nocivo para la democracia.

Más difícil lo podría tener Pedro Sánchez al competir en carisma con el exultante Albert Rivera, crecido tras el éxito que acaba de cosechar en las elecciones autonómicas catalanas, aunque si comparamos la solidez que como partido ofrece el PSOE respecto al recién llegado que es Ciudadanos y a esto añadimos su carácter de centro-derecha próximo al PP y el populismo con que muchos lo identifican, la ventaja electoral que podrían sacar los socialistas a Ciudadanos a nivel nacional es más que probable.

El PSOE tiene por delante el reto maratoniano de, en poco más de dos meses, resurgir de sus cenizas, recuperar la mayoría de los votos trasvasados a Podemos, Ciudadanos e incluso al PP y la necesidad de ofrecer una credibilidad capaz de seducir no sólo a los indecisos, sino a la legión de desencantados que por culpa de los errores de los socialistas durante los últimos años, piensen quedarse en casa el próximo 20 de diciembre.

Colofón

En la práctica, el próximo presidente de gobierno español no puede ser otro mas que Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Albert Rivera (la omisión de Alberto Garzón, muy a pesar de su alta valoración como líder en las encuestas, no es un olvido sino una consecuencia de la casi imposibilidad de que llegue a ser presidente habida cuenta la casi desintegración de Izquierda Unida).

La probabilidades de una nueva mayoría absoluta son casi nulas en base al nuevo reparto de la tarta que como oferta electoral tienen los electores tras la llegada de Podemos y la irresistible ascensión de Ciudadanos.

Estamos en puertas de una nueva política de pactos en la que nadie gobernará como ahora lo hace el PP –con mayoría absoluta– o anteriormente hiciera el PSOE. En lo sucesivo, el partido al que le corresponda la responsabilidad de gobernar no tendrá que enfrentarse a una oposición simbólica e inoperante sino a unos partidos activos que le vigilarán de cerca y de cuyo apoyo dependerán unas actuaciones gubernamentales que, presumiblemente, serán más beneficiosas para la ciudadanía que las que hasta ahora se han tomado en base a mayorías absolutas y un bipartidismo que, hoy por hoy, pertenece ya al pasado.


En cualquier caso, e independientemente de la capacidad de persuasión de los directores de campaña al presentar a sus candidatos como apetecibles y votables independientemente de cual sea su mensaje, no olvidemos que la última palabra siempre la tendrá la sensatez, la sabiduría y la capacidad de discernimiento de ese auténtico protagonista y sumo hacedor de cada jornada electoral, y por ende de la democracia, que es el votante.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor