martes, 2 de junio de 2015

Serafín Castellano pone la mano. Más corrupción en el PP







Presuntamente, el conocido político del PP y ya ex Delegado de Gobierno de Valencia (ha sido fulminantemente cesado y expulsado cautelarmente de su partido) , Serafín Castellano, pudo percibir comisiones fraudulentas de hasta 750.000 euros durante su etapa como conseller.

Según se ha filtrado, los beneficios del político le habrían llegado tras adjudicar su consellería una concesión de extinción de incendios forestales a una empresa de hidroaviones de un íntimo amigo que le habría hecho llegar pagos en efectivo, regalo de escopetas, complementos de caza e invitaciones a cacerías así como objetos de lujo adquiridos en la exclusiva relojería y joyería Gimenez.

Esto suma y sigue





Tiro al plato,
Tiro al pichón
Qué más da 
¡Tonterías! 

Dice el ínclito Serafín

Buscando su comisión

En lúdicas cacerías

Mira al cielo con ilusión
Y ve volar un hidroavión
Al que siguen muchos más

¡Un incendio forestal!
¡Abre el grifo, agua va!
¡Funcionó la concesión!

Luego, tras la montería
Se va a una armería
Muy ufano, Castellano

¡Una Browning por favor!
Son mil quinientos, señor
¡Ya pagará el contratista!
Yo sólo soy un artista

Experto en poner la mano

lunes, 18 de mayo de 2015

Guía para desencantados con el bipartidismo y escépticos ante los partidos emergentes









El escepticismo es un sentimiento normal en tiempos turbulentos, y éstos que atravesamos lo son. Cuando se ha perdido la confianza en los grandes partidos que han marcado la pauta durante casi cuarenta años de democracia (tantos como los que duró el franquismo) es comprensible que muchos desencantados depositen su ilusión por el cambio en los partidos emergentes, unas formaciones políticas que, hipotéticamente, acabarán con el bipartidismo aunque quizás sólo lo modulen con una suerte de entendimiento multipartito que, confiemos, en nada se parezca a lo que estas semanas se vive en la comunidad andaluza.

Al contemplar el actual panorama político me resulta curioso que en un extremo del espectro, Podemos reniegue del radicalismo de izquierdas y se presente como una socialdemocracia de corte nórdico mientras que Ciudadanos se esfuerza por negar su derechismo cuando los hechos son: que el primero se nutre de los desencantados del PSOE y de ex-votantes de Izquierda Unida mientras que el segundo crece con los votos que ha captado del PP y del centrismo de UPyD.

Hartos ya de que se nos mienta, es difícil convencernos a quienes peinamos canas –y también a muchos nacidos después de 1978– con propuestas falaces y programas que cada partido elabora con estrategias basadas en la captación de votos como única meta. Todas las formaciones aseguran poseer la exclusiva de verdad, un sincero y único interés de mejorar a los desfavorecidos y la capacidad de aportar soluciones que nunca hasta ahora se habían aplicado (incluso aquellos que han tenido la posibilidad de hacerlo mientras gobiernan o cuando gobernaron).

Personalmente, desconfío tanto de Podemos como de Ciudadanos (sus promesas me parecen demasiado gratuitas y halagüeñas para los desesperados oídos de quienes sufren los estragos de la crisis y contemplan impávidos la corrupción que nos ha convertido en el hazmerreír de Europa), aunque tal vez desconfíe menos de esos partidos emergentes que de las formaciones que ya han gobernado con descarado incumplimiento de sus promesas electorales. Me duele reconocerlo pero, hoy por hoy, soy incapaz de ver algo más en las promesas de cualquier partido político que no sean las mentiras del mañana. Desencanto creo que se llama lo que siento.

No obstante, y a pesar de mi escepticismo, que nadie infiera una intención abstencionista por mi parte. El próximo domingo 24-M votaré, y lo haré por quienes estime que tienen más probabilidades de satisfacer mis expectativas para que la sociedad española sea más justa e igualitaria; votaré por quienes considere que están más en contacto con el mundo real y por quienes menos parezcan instalados en las mentiras electoralistas planificadas; votaré por quienes actúen con una ética más contraria a la corrupción y más próxima a la integridad y a la honradez.

Lamentablemente, a tan sólo siete días de las elecciones municipales y autonómicas, no tengo decidido mi voto pero sí que estoy seguro de lo que no quiero. Estoy cansado de que se me mienta y manipule, y voy a ejercer el poder que me otorga la democracia a través de un voto que, presiento, será más intuitivo que basado en la certidumbre. Por todo ello, no votaré a quien más me ilusione –ningún partido lo ha conseguido– sino a quien menos probabilidades estime que tiene de mentirme según mi apreciación subjetiva.


Confío que estas reflexiones sean útiles para quienes, como yo, se sienten desencantados con el bipartidismo y, al mismo tiempo, son escépticos con los partidos emergentes. Y sobre todo espero haber incentivado a votar a quienes pudieran dejarse seducir por la sombra de la abstención.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

lunes, 11 de mayo de 2015

Pedro Sánchez y su polémico aplauso a un joven con Down





https://www.youtube.com/watch?v=Po4tpT_FYDs



En el programa ‘La Sexta Noche’, intervino el pasado sábado el líder del PSOE, Pedro Sánchez, en un espacio de participación ciudadana (‘La calle opina’) donde el público puede hacer preguntas a un político invitado, espacio que en semanas anteriores, contó con la presencia de Alberto Garzón, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Rosa Díez.

En un momento del programa, el presentador dio paso a Andrés Garcia, un burgalés de treinta años  con síndrome de Down, miembro de la asociación de afectados de esta enfermedad en la provincia de Burgos, quien denunció que todavía en algunos colegios, de los considerados ordinarios, no se admiten alumnos con una enfermedad como la suya. El joven pidió a Pedro Sánchez que se pronunciara y dijera que medidas tomaría para resolver esta situación si llegara a gobernar. Andrés, que leyó su intervención, se expresó con cierta dificultad aunque no más que la de cualquier otra persona no acostumbrada a hablar en directo en un programa televisivo de gran audiencia.

El número uno del PSOE, en lugar de ir al grano y responder directamente a la cuestión, pidió un aplauso al público «por lo bien que has hecho la pregunta», un gesto de condescendencia nada normalizador y totalmente impropio de alguien que aspira a ser presidente del país. Si el secretario socialista hubiera pedido un aplauso para cada uno de los participantes que le formularon preguntas otro gallo habría cantado, pero como esto no sucedió, el resultado fue un patinazo torpe y humillante aunque, sin duda, no malintencionado.

Pedro Sánchez debería saber (y si no lo sabe que no pida aplausos cuando no procede) que quienes presentan el síndrome de Down suelen utilizan recursos de lenguaje gestual y fónico para compensar su déficit expresivo y en muchas ocasiones necesitan ayuda logopédica durante la infancia para corregir ciertos trastornos de una voz que tiende a ser nasalizada. Pero esto no es más que una singularidad inherente a su síndrome como también lo es que su lengua sea más gruesa y de un tamaño proporcionalmente mayor al de la cavidad bucal, lo que condiciona unos movimientos linguales más lentos que repercuten en el timbre de la voz.

Andrés intervino de nuevo para declararse aficionado al baloncesto y preguntó a Sánchez cual era su deporte favorito, cuestión a la que el político respondió que también el baloncesto para, acto seguido, invitar al muchacho a jugar un partido con él la próxima semana incurriendo en una discriminación positiva que dejó en evidencia la poca soltura de Pedro Sánchez para actuar naturalidad ante un individuo con una diversidad funcional como el síndrome de Down (y no discapacidad como lo consideró Sánchez)

El secretario general del PSOE corrigió su segundo desliz y al día siguiente anunció que jugaría el lunes 11 de mayo este una pachanga de baloncesto con Andrés García y otros miembros de la Asociación Síndrome de Down de Burgos aprovechando que la caravana de campaña electoral del PSOE pasaría ese día por su ciudad.


Ya como colofón plantearé una duda y le daré un consejo al líder socialista.

¿Habría pedido Pedro Sánchez un aplauso para alguien que cojeara sólo por «haber llegado tan bien y tan rápido» hasta el lugar donde se encontraba el microfóno.

Y ahora el consejo: Sea usted más cuidadoso señor Sánchez, y séalo no sólo al pedir aplausos sino también al utilizar el término discapacidad en lugar del de diversidad funcional, pues el primero implica una deficiencia y no una alternativa a la pretendida normalidad que reivindican ciertos colectivos.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

miércoles, 29 de abril de 2015

El Photoshop, otra forma de mentir en política








En el histórico cara a cara televisivo que en 1960 protagonizaron Richard Nixon y John F. Kennedy, el primero de ellos apareció en pantalla sin afeitar, con un traje gris y un aspecto cansado que inspiraba poca confianza mientras que el segundo cuidó a conciencia su imagen, exhibía un atractivo bronceado y emanaba un aura relajada que le hizo ganar el debate aunque, curiosamente, quienes lo siguieron por la radio se mostraron mayoritariamente a favor de Nixon. 

Es incuestionable que la apariencia física de los políticos puede ser determinante a la hora de decidir un voto o, por expresarlo de otro modo, que no sólo se vota a una idea sino también a una imagen, y de esto saben mucho los expertos en marketing político y asesoría de imagen de los candidatos electorales para que sus pósters y carteles transmitan de forma no verbal lo que ellos intentan esgrimir con palabras y argumentos.

Viene esto a colación de la foto que el PSPV-PSOE ha elegido para promocionar la campaña de Ximo Puig (aunque podría haber elegido la de cualquier otro político y partido, me he decantado por esta por proximidad), el candidato socialista a la presidencia de la Generalitat Valenciana en los próximos comicios  quien, me consta por conocidos comunes, es una persona normal, cercana, cordial y con un largo bagaje tanto en lo político como en lo privado que hacen de él un candidato digno cuyo rostro no habría necesitado de ningún retoque para reforzar su credibilidad. Es por ello que, considero, ha sido un inmenso error afeitar su característica barba entrecana o borrar con Photoshop unas arrugas de expresión cinceladas por muchos años de experiencia y que sus asesores de campaña han retocado drásticamente en un intento de aproximar su rostro al de un jovencito que acaba de salir de la universidad y utiliza su foto de la orla para darse a conocer en los mentideros políticos.

Creo que al señor Puig le han malaconsejado al no dejarle transmitir la verdad de sus facciones, sin retoques ni artificios, en la cartelería que en muy pocos días inundará las provincias de Valencia, Castellón y Alicante. Un mal consejo que no sólo afecta a Ximo Puig sino a muchos políticos de tantos otros partidos, pues no es mi intención –válgame Dios– censurar o ridiculizar al candidato socialista por mucho que en las pasadas primarias de marzo de 2014 no le otorgara mi apoyo y me decantara por la juventud y las innovadoras propuestas que aportaba su rival, Toni Gaspar a quien Puig derrotó por un amplio margen de casi el doble de votos.

Si bien en aquellos días de campaña me decantaba en mis escritos por rejuvenecer el socialismo valenciano y apostaba por dar paso a nuevos políticos que no hubieran tenido un peso específico en las legislaturas anteriores (en las que el PSPV-PSOE  fue perdiendo fuerza durante dos largas décadas de oposición), sin duda no era  un rejuvenecimiento a golpe de Photoshop lo que entonces tenía en mente.

Sé que ya no llego a tiempo, pero tras contemplar una vez más la foto promocional del candidato socialista (a quien le deseo la mejor fortuna con tal de que la derecha abandone de una vez por todas la poltrona que ha endeudado a nuestra comunidad durante cuatro nefastos lustros), le aconsejaría que, si aun está en sus manos, cambie esa imagen retocada por otras que le muestre tal cual es y no con esa cara tan tersa, artificialmente rejuvenecida e impropia de alguien que nació en 1959.



Alberto Soler Montagud

Médico y escritor

miércoles, 22 de abril de 2015

¿UN BROTE PSICÓTICO EN UN NIÑO DE TRECE AÑOS?






Desde tiempos inmemoriales, la enfermedad mental ha sido menospreciada, confinada al terreno de lo absurdo y de lo irracional e investida de un valor negativo que, aun en la actualidad y en nuestra cultura, estigmatiza a quienes sufren trastornos psíquicos como si estas patologías fueran motivo de vergüenza y debieran mantenerse ocultas por miedo a la burla y al rechazo social. Para empeorar esta discriminatoria injusticia, persiste la creencia de que los enfermos mentales son peligrosos cuando la mayoría de ellos son muchas más veces víctimas de agresiones que agresores porque su patología les convierte en objetos de burla que propicia su maltrato.
Empeora esta situación la ligereza con que los noticiarios sensacionalista tratan a la enfermedad mental, considerándola como responsable de actuaciones violentas, un tópico debido a la escasa información que la sociedad recibe acerca de las enfermedades mentales y al hecho de que casi toda le llegue a través de los medios de comunicación.


Asesinato de un profesor de instituto por un alumno

Viene esto a colación de tragedia aérea acaecida el 28 del pasado marzo en los Alpes en la que perdieron la vida 150 personas y la irresponsabilidad con que los medios de comunicación insinuaron que el siniestro pudo ser consecuencia de la depresión que presuntamente padecía el copiloto de la nave, Andreas Lubitz, irresponsabilidad que de nuevo se ha puesto de manifiesto al atribuir a un brote psicótico la actuación, ayer, de un  alumno de segundo de ESO en un instituto de Barcelona.
De entrada, puntualizaré que las probabilidades de sufrir un brote psicótico en un niño de esta edad son mínimas ya que las psicosis suelen manifestarse alrededor de los 18 años. En contra de una psicosis apunta la presumible ausencia de alucinaciones y delirios en los días previos, síntomas que habrían alertado al entorno del muchacho y que, al parecer no se produjeron.
También descartaría un brote psicótico el hecho de que la actuación homicida fuera tan teatral y planificada, prolegómenos que hacen pensar en otras causas distintas a una psicosis o esquizofrenia, etiqueta que ya se le ha adjudicado al asesino con demasiada facilidad cuando diagnosticar es un arte científico que requiere una gran preparación por parte de quien emite el juicio diagnóstico y un detallado conocimiento del caso (entrevista con el individuo, datos de su entorno y de sus antecedentes patológicos...). Por ello he decidido ser cauto y silenciaré mi presunción diagnóstica (que la tengo) hasta que no disponga de la información suficiente para hacerlo.


El estigma que afecta a las enfermedades mentales

Un estigma es una especie de etiqueta que se le pone a una persona y de la que resulta muy difícil desprenderse hasta el extremo se ser identificado por lo que se le etiqueta y no por lo que se es. Esto sucede por la tendencia de la sociedad a ser muy cruel a la hora de remarcar ciertas diferencias que dificulten que una persona pueda ser aceptada. Un ejemplo claro lo encontramos en las enfermedades mentales, víctimas de un estigma cuyo origen se remonta a estereotipos y mitos injustos trasmitidos a través de siglos de incomprensión. Así, quien sufre una esquizofrenia tiende a ser siempre considerado como un esquizofrénico, cuando nunca a quien padece un cáncer o una hipertensión se le conoce como “el canceroso” o “el hipertenso” en cualquier ámbito y contexto.

Esto da lugar a una discriminación que condiciona que el propio individuo afectado se autoestigmatice y asuma los prejuicios que los demás depositan en él, lo que hará que su integración social se resienta y su posibilidad de llevar una vida normalizada disminuya, pasando del autoestigma a la autodiscriminación y con ello, a una elevación de las probabilidades de un fracaso en el tratamiento de su enfermedad.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


domingo, 19 de abril de 2015

UN DEPRIMIDO NO ESTRELLA AVIONES CON PASAJEROS (El estigma de la enfermedad mental)









Desde tiempos inmemoriales, la enfermedad mental ha sido menospreciada, confinada al terreno de lo absurdo y de lo irracional e investida de un valor negativo que, aun en la actualidad y en nuestra cultura, estigmatiza a quienes sufren trastornos psíquicos como si estas patologías fueran motivo de vergüenza y debieran mantenerse ocultas por miedo a la burla y al rechazo social. Para empeorar esta discriminatoria injusticia, persiste la creencia de que los enfermos mentales son peligrosos cuando la mayoría de ellos son muchas más veces víctimas de agresiones que agresores porque su patología les convierte en objetos de burla que propicia su maltrato.

Empeora esta situación la ligereza con que los noticiarios sensacionalista tratan a la enfermedad mental, considerándola como responsable de actuaciones violentas, un tópico debido a la escasa información que la sociedad recibe acerca de las enfermedades mentales y al hecho de que casi toda le llegue a través de los medios de comunicación.

Viene esto a colación de la tragedia aérea acaecida el 28 del pasado marzo en los Alpes en la que perdieron la vida 150 personas y la irresponsabilidad con que los medios de comunicación insinuaron que el siniestro pudo ser consecuencia de la depresión que presuntamente padecía el copiloto de la nave, Andreas Lubitz.

Desde mi condición de médico denuncio lo imprudente que fue la difusión de un hipotético diagnóstico del protagonista del siniestro ya desde las primeras horas de la colisión y sin disponer de conocimientos ni datos clínicos contrastados. El sensacionalismo periodístico especuló, desde el minuto cero, con que Lubitz sufría una depresión y que ésta fue la desencadenante de la catástrofe, todo ello sin considerar que, si bien en la depresión hay una elevada probabilidad de suicidio, el modus operandi de un deprimido suicida nada tiene que ver con lo que ocurrió en ese avión ya que, el depresivo que se quita la vida lo hace siempre para dejar de sufrir y para que los demás dejen de sufrir por su causa, siendo prácticamente imposible que acabe con la vida de otras personas al quitarse la suya, salvo excepciones muy bien tipificadas como son los casos extremos de suicidio compartido, en los que el enfermo puede matar a alguien a quien quiere mucho –para que no sufra más según su propia percepción– antes de suicidarse.

Lamentablemente, en la catástrofe de los Alpes franceses, el estigma de la enfermedad mental se cebó una vez más con quienes sufren una patología psiquiátrica y, en concreto, con el gran colectivo de los enfermos de depresión (un trastorno que afecta al 10% de la población española), creando una alarma innecesaria en los familiares y convivientes de unos seres humanos que, con toda seguridad, nunca causarían una catástrofe homicida masiva.

Afortunadamente, conforme ha transcurrido el tiempo y se han obtenido datos de las cajas negras del accidente, se ha conocido la opinión de verdaderos expertos en salud mental y se ha ido restando importancia al hecho de que el copiloto hubiera sufrido en el pasado una depresión, se han barajado otras hipótesis diagnósticas especulando con la probabilidad de que, incluso, Lubitz no contara con la eximente de una enfermedad mental para atenuar su culpa, supiera en todo momento lo que hacía y que la única explicación de que estrellara el avión fuera su maldad.


¿Qué enfermedad mental podía sufrir el copiloto?

Puestos a indagar en hipotéticas causas clínicas que pudieran justificar una actuación homicida por parte del copiloto, habría que centrarse en otros diagnósticos ajenos a la depresión y más propios de individuos con tendencia a interiorizar un gran resentimiento, sentirse víctimas de una injusticia que creen haber sufrido en sus vidas. Son individuos que pueden ser capaces de cometer actos violentos en busca de protagonismo (que aunque negativo les confiera notoriedad) y también para conseguir un equilibrio entre lo que ellos han padecido y el dolor que originan al perpetrar una masacre. En base a esto cobra especial sentido una frase que Andreas le dijo a su novia y que confiere rasgos de narcisismo a su personalidad «Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todos conocerán mi nombre y lo recordarán».

Desde mi perspectiva profesional como médico, estimo dos hipótesis diagnósticas que podrían haber inducido a Lubitz a ejecutar la masacre de los Alpes. La primera sería un trastorno antisocial de la personalidad (antes conocida como psicopatía y que en lenguaje coloquial designa a los psicópatas) asociado a una personalidad narcisista.

El trastorno antisocial de la personalidad es propio de unos individuos carentes de compasión y de empatía (capacidad para ponerse en lugar de los demás y entender su sufrimiento) así como una marcada tendencia al narcisismo. Se trata de personas frías, arrogantes, susceptibles de sentirse heridas en su orgullo, crueles y  con una falta tal de compasión ante el sufrimiento del prójimo (al que cosifican e ignoran) que podría inducirles a estrellar un avión sin considerar a sus pasajeros como seres humanos sino sólo como muñecos o incluso como nada.

Por los datos que se han ido difundiendo, la personalidad de Andreas Lubitz podría encajar con la de un psicópata frío y calculador, un sujeto con una personalidad narcisista de base; un tipo sumamente cruel e incapaz de conceder valor alguno a las vidas de los demás. El hecho de que su respiración fuera rítmica en los segundos previos al choque (según reveló la caja negra), su sangre fría al encerrarse por dentro impidiendo el acceso a la cabina, su silencio al no entablar diálogo alguno con tierra,  así como que lo tuviera todo tan bien programado, todo ello indica una frialdad típica de los psicópatas.

Tal vez la venganza o la frustración pudieron influir en su actuación (su meta era ser comandante de vuelo pero padecía un problema visual que le incapacitaba para ser piloto) sin embargo, ésta no sería nunca la causa sino sólo el detonante que activara su trastorno de personalidad de base. Consideremos que si el sueño de una persona es ser piloto, en un contexto de normalidad se impone adaptarse a las circunstancias, asumir las propias limitaciones y contentarse con soluciones alternativas como ser copiloto o desempeñar cualquier otra profesión. Sin embargo, los psicópatas tienen un orgullo exacerbado y una tolerancia cero a la frustración que les impele a reaccionar con agresividad cuando sus deseos no pueden ser cumplidos.


¿Es siempre la violencia consecuencia de una enfermedad mental?

La respuesta a esta cuestión es un no rotundo. Solo un ínfimo porcentaje de los actos de violencia son obra de enfermos mentales quienes, por lo general tienden más a ser víctimas que agresores de los verdaderos actores de las conductas violentas que no son mas que unos individuos quienes, por lo general, actúan con criterios éticos propios de la maldad y/o sufren las consecuencias de la marginación.

En el caso concreto de la psicopatía, no siempre habría que contemplarla como una enfermedad mental que ejerza como atenuante a efectos legales, pues los psicópatas saben perfectamente lo que hacen, diferencian lo bueno de lo malo, son incapaces de sentir compasión y sentimientos de culpa y muestran una total indiferencia ante las normas (que ocultan hábilmente porque son maestros en el arte de fingir y de comportarse como empáticos y disciplinados), lo que les convierte en unos individuos muy peligrosos.

En cuanto a los rasgos narcisistas, destaquemos que son propios de individuos con una enfermiza necesidad de ser admirados, unos tipos muy arrogantes, sensibles al desprecio y al rechazo, a quienes les importa más aparentar que ser y cuya soberbia y afán de notoriedad van parejos a la envidia que sienten por el éxito ajeno. El estilo narcisista predispone a adoptar conductas violentas como respuesta a una herida en su ego (narcissistic injury), algo también frecuente en las personalidades psicopáticas. De todo ello se concluye que cuando psicopatía y narcisismo confluyen en un mismo individuo, la combinación puede ser explosiva.


¿Estaba mal diagnosticado Andreas Lubitz?

Es muy probable que Andreas estuviera mal diagnosticado y que el médico que le extendió su baja no detectara un hipotético trastorno antisocial de personalidad y acabara recurriendo a ese cajón de sastre que es el diagnostico de depresión (trastorno del que se abusa al extender partes de incapacidad laboral) debido a la imagen de hastío, frustración, sensación de vacío y falso estado depresivo que muchos psicópatas pueden presentar cuando atraviesan una mala etapa, situaciones en las que pueden llegar a dar la imagen de una depresión que no tienen.

Siguiendo con ésta exposición de probabilidades, el psiquiatra que le diagnosticó depresión al copiloto pudo no darse cuenta (y como médico reconozco que a mí me podría haber sucedido lo mismo) de que estaba ante un trastorno antisocial de la personalidad o psicopatía, un proceso muy difícil de diagnosticar y una eventualidad ante la que, quienes se dedican a evaluar y seleccionar a personal laboral para puestos del que dependan muchas vidas, deberían decantarse siempre a favor de elegir a personas cálidas, afectivas y tiernas que se alejen de la frialdad de espíritu que caracteriza a los psicópatas, unos individuos que están dotados de un encanto superficial que, aunque les permite engañar y hacer ver que son afectivos, su subconsciente puede dejar entrever ciertos rasgos de narcisismo y arrogancia que debería poner en guardia a un experto acerca de su potencial peligrosidad.


Estigmas que soporta el enfermo mental

El estigma es una especie de etiqueta que se le pone a una persona y de la que resulta muy difícil desprenderse hasta el extremo se ser identificado por lo que se le etiqueta y no por lo que se es. Esto sucede por la tendencia de la sociedad a ser muy cruel a la hora de remarcar ciertas diferencias que dificulten que una persona pueda ser aceptada. Un ejemplo claro lo encontramos en las enfermedades mentales, víctimas de un estigma cuyo origen se remonta a estereotipos y mitos injustos trasmitidos a través de siglos de incomprensión. Así, quien sufre una esquizofrenia tiende a ser siempre considerado como un esquizofrénico, cuando nunca a quien padece un cáncer o una hipertensión se le conoce como el canceroso o el hipertensos en cualquier ámbito y contexto.

Esto da lugar a una discriminación que condiciona que el propio individuo afectado se autoestigmatice y asuma los prejuicios que los demás depositan en él, lo que hará que su integración social se resienta y su posibilidad de llevar una vida normalizada disminuya, pasando del autoestigma a la autodiscriminación y con ello, a una elevación de las probabilidades de un fracaso en el tratamiento de su enfermedad.


Soluciones contra el estigma de la enfermedad mental

Habría que educar a la sociedad ya desde las escuelas para que la enfermedad mental no sea considerada un peligro o un estigma y se potencie el contacto con las personas que la sufren con menos miedo y más aceptación ya que, estadísticamente, su peligrosidad siempre es muy improbable.

La sociedad debe estar educada en las enfermedades mentales (y aun más quienes conviven con quienes las padecen) y la información que se recibe de ellas no debería provenir casi exclusivamente de los medios de información que casi siempre relacionan a los enfermos psíquicos con noticias luctuosas.

Se debería potenciar al máximo la integración social y laboral de estos enfermos, pero hacerlo sin un exceso de protección hacia ellos que enfatice en su diferencia ya que esto supondría una estigmatización por discriminación positiva o trato preferencial innecesario.

Es muy positivo buscar modelos de referencia positivos a fin de que la sociedad reconozca que con una enfermedad mental controlada y aceptada se puede llevar una vida normal, integrarse en la comunidad, estudiar, trabajar, relacionarse y hasta conseguir un premio Nobel como el matemático John Forbes Nash (aquejado de esquizofrenia), ser un excelente compositor como Gustav Mahler (aquejado de trastorno bipolar) o uno de los mejores bailarines de la historia, como Vaslav Nijinsky (también esquizofrénico).




Alberto Soler Montagud
Médico y escritor