miércoles, 22 de abril de 2015

¿UN BROTE PSICÓTICO EN UN NIÑO DE TRECE AÑOS?






Desde tiempos inmemoriales, la enfermedad mental ha sido menospreciada, confinada al terreno de lo absurdo y de lo irracional e investida de un valor negativo que, aun en la actualidad y en nuestra cultura, estigmatiza a quienes sufren trastornos psíquicos como si estas patologías fueran motivo de vergüenza y debieran mantenerse ocultas por miedo a la burla y al rechazo social. Para empeorar esta discriminatoria injusticia, persiste la creencia de que los enfermos mentales son peligrosos cuando la mayoría de ellos son muchas más veces víctimas de agresiones que agresores porque su patología les convierte en objetos de burla que propicia su maltrato.
Empeora esta situación la ligereza con que los noticiarios sensacionalista tratan a la enfermedad mental, considerándola como responsable de actuaciones violentas, un tópico debido a la escasa información que la sociedad recibe acerca de las enfermedades mentales y al hecho de que casi toda le llegue a través de los medios de comunicación.


Asesinato de un profesor de instituto por un alumno

Viene esto a colación de tragedia aérea acaecida el 28 del pasado marzo en los Alpes en la que perdieron la vida 150 personas y la irresponsabilidad con que los medios de comunicación insinuaron que el siniestro pudo ser consecuencia de la depresión que presuntamente padecía el copiloto de la nave, Andreas Lubitz, irresponsabilidad que de nuevo se ha puesto de manifiesto al atribuir a un brote psicótico la actuación, ayer, de un  alumno de segundo de ESO en un instituto de Barcelona.
De entrada, puntualizaré que las probabilidades de sufrir un brote psicótico en un niño de esta edad son mínimas ya que las psicosis suelen manifestarse alrededor de los 18 años. En contra de una psicosis apunta la presumible ausencia de alucinaciones y delirios en los días previos, síntomas que habrían alertado al entorno del muchacho y que, al parecer no se produjeron.
También descartaría un brote psicótico el hecho de que la actuación homicida fuera tan teatral y planificada, prolegómenos que hacen pensar en otras causas distintas a una psicosis o esquizofrenia, etiqueta que ya se le ha adjudicado al asesino con demasiada facilidad cuando diagnosticar es un arte científico que requiere una gran preparación por parte de quien emite el juicio diagnóstico y un detallado conocimiento del caso (entrevista con el individuo, datos de su entorno y de sus antecedentes patológicos...). Por ello he decidido ser cauto y silenciaré mi presunción diagnóstica (que la tengo) hasta que no disponga de la información suficiente para hacerlo.


El estigma que afecta a las enfermedades mentales

Un estigma es una especie de etiqueta que se le pone a una persona y de la que resulta muy difícil desprenderse hasta el extremo se ser identificado por lo que se le etiqueta y no por lo que se es. Esto sucede por la tendencia de la sociedad a ser muy cruel a la hora de remarcar ciertas diferencias que dificulten que una persona pueda ser aceptada. Un ejemplo claro lo encontramos en las enfermedades mentales, víctimas de un estigma cuyo origen se remonta a estereotipos y mitos injustos trasmitidos a través de siglos de incomprensión. Así, quien sufre una esquizofrenia tiende a ser siempre considerado como un esquizofrénico, cuando nunca a quien padece un cáncer o una hipertensión se le conoce como “el canceroso” o “el hipertenso” en cualquier ámbito y contexto.

Esto da lugar a una discriminación que condiciona que el propio individuo afectado se autoestigmatice y asuma los prejuicios que los demás depositan en él, lo que hará que su integración social se resienta y su posibilidad de llevar una vida normalizada disminuya, pasando del autoestigma a la autodiscriminación y con ello, a una elevación de las probabilidades de un fracaso en el tratamiento de su enfermedad.


Alberto Soler Montagud
Médico y escritor


domingo, 19 de abril de 2015

UN DEPRIMIDO NO ESTRELLA AVIONES CON PASAJEROS (El estigma de la enfermedad mental)









Desde tiempos inmemoriales, la enfermedad mental ha sido menospreciada, confinada al terreno de lo absurdo y de lo irracional e investida de un valor negativo que, aun en la actualidad y en nuestra cultura, estigmatiza a quienes sufren trastornos psíquicos como si estas patologías fueran motivo de vergüenza y debieran mantenerse ocultas por miedo a la burla y al rechazo social. Para empeorar esta discriminatoria injusticia, persiste la creencia de que los enfermos mentales son peligrosos cuando la mayoría de ellos son muchas más veces víctimas de agresiones que agresores porque su patología les convierte en objetos de burla que propicia su maltrato.

Empeora esta situación la ligereza con que los noticiarios sensacionalista tratan a la enfermedad mental, considerándola como responsable de actuaciones violentas, un tópico debido a la escasa información que la sociedad recibe acerca de las enfermedades mentales y al hecho de que casi toda le llegue a través de los medios de comunicación.

Viene esto a colación de la tragedia aérea acaecida el 28 del pasado marzo en los Alpes en la que perdieron la vida 150 personas y la irresponsabilidad con que los medios de comunicación insinuaron que el siniestro pudo ser consecuencia de la depresión que presuntamente padecía el copiloto de la nave, Andreas Lubitz.

Desde mi condición de médico denuncio lo imprudente que fue la difusión de un hipotético diagnóstico del protagonista del siniestro ya desde las primeras horas de la colisión y sin disponer de conocimientos ni datos clínicos contrastados. El sensacionalismo periodístico especuló, desde el minuto cero, con que Lubitz sufría una depresión y que ésta fue la desencadenante de la catástrofe, todo ello sin considerar que, si bien en la depresión hay una elevada probabilidad de suicidio, el modus operandi de un deprimido suicida nada tiene que ver con lo que ocurrió en ese avión ya que, el depresivo que se quita la vida lo hace siempre para dejar de sufrir y para que los demás dejen de sufrir por su causa, siendo prácticamente imposible que acabe con la vida de otras personas al quitarse la suya, salvo excepciones muy bien tipificadas como son los casos extremos de suicidio compartido, en los que el enfermo puede matar a alguien a quien quiere mucho –para que no sufra más según su propia percepción– antes de suicidarse.

Lamentablemente, en la catástrofe de los Alpes franceses, el estigma de la enfermedad mental se cebó una vez más con quienes sufren una patología psiquiátrica y, en concreto, con el gran colectivo de los enfermos de depresión (un trastorno que afecta al 10% de la población española), creando una alarma innecesaria en los familiares y convivientes de unos seres humanos que, con toda seguridad, nunca causarían una catástrofe homicida masiva.

Afortunadamente, conforme ha transcurrido el tiempo y se han obtenido datos de las cajas negras del accidente, se ha conocido la opinión de verdaderos expertos en salud mental y se ha ido restando importancia al hecho de que el copiloto hubiera sufrido en el pasado una depresión, se han barajado otras hipótesis diagnósticas especulando con la probabilidad de que, incluso, Lubitz no contara con la eximente de una enfermedad mental para atenuar su culpa, supiera en todo momento lo que hacía y que la única explicación de que estrellara el avión fuera su maldad.


¿Qué enfermedad mental podía sufrir el copiloto?

Puestos a indagar en hipotéticas causas clínicas que pudieran justificar una actuación homicida por parte del copiloto, habría que centrarse en otros diagnósticos ajenos a la depresión y más propios de individuos con tendencia a interiorizar un gran resentimiento, sentirse víctimas de una injusticia que creen haber sufrido en sus vidas. Son individuos que pueden ser capaces de cometer actos violentos en busca de protagonismo (que aunque negativo les confiera notoriedad) y también para conseguir un equilibrio entre lo que ellos han padecido y el dolor que originan al perpetrar una masacre. En base a esto cobra especial sentido una frase que Andreas le dijo a su novia y que confiere rasgos de narcisismo a su personalidad «Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todos conocerán mi nombre y lo recordarán».

Desde mi perspectiva profesional como médico, estimo dos hipótesis diagnósticas que podrían haber inducido a Lubitz a ejecutar la masacre de los Alpes. La primera sería un trastorno antisocial de la personalidad (antes conocida como psicopatía y que en lenguaje coloquial designa a los psicópatas) asociado a una personalidad narcisista.

El trastorno antisocial de la personalidad es propio de unos individuos carentes de compasión y de empatía (capacidad para ponerse en lugar de los demás y entender su sufrimiento) así como una marcada tendencia al narcisismo. Se trata de personas frías, arrogantes, susceptibles de sentirse heridas en su orgullo, crueles y  con una falta tal de compasión ante el sufrimiento del prójimo (al que cosifican e ignoran) que podría inducirles a estrellar un avión sin considerar a sus pasajeros como seres humanos sino sólo como muñecos o incluso como nada.

Por los datos que se han ido difundiendo, la personalidad de Andreas Lubitz podría encajar con la de un psicópata frío y calculador, un sujeto con una personalidad narcisista de base; un tipo sumamente cruel e incapaz de conceder valor alguno a las vidas de los demás. El hecho de que su respiración fuera rítmica en los segundos previos al choque (según reveló la caja negra), su sangre fría al encerrarse por dentro impidiendo el acceso a la cabina, su silencio al no entablar diálogo alguno con tierra,  así como que lo tuviera todo tan bien programado, todo ello indica una frialdad típica de los psicópatas.

Tal vez la venganza o la frustración pudieron influir en su actuación (su meta era ser comandante de vuelo pero padecía un problema visual que le incapacitaba para ser piloto) sin embargo, ésta no sería nunca la causa sino sólo el detonante que activara su trastorno de personalidad de base. Consideremos que si el sueño de una persona es ser piloto, en un contexto de normalidad se impone adaptarse a las circunstancias, asumir las propias limitaciones y contentarse con soluciones alternativas como ser copiloto o desempeñar cualquier otra profesión. Sin embargo, los psicópatas tienen un orgullo exacerbado y una tolerancia cero a la frustración que les impele a reaccionar con agresividad cuando sus deseos no pueden ser cumplidos.


¿Es siempre la violencia consecuencia de una enfermedad mental?

La respuesta a esta cuestión es un no rotundo. Solo un ínfimo porcentaje de los actos de violencia son obra de enfermos mentales quienes, por lo general tienden más a ser víctimas que agresores de los verdaderos actores de las conductas violentas que no son mas que unos individuos quienes, por lo general, actúan con criterios éticos propios de la maldad y/o sufren las consecuencias de la marginación.

En el caso concreto de la psicopatía, no siempre habría que contemplarla como una enfermedad mental que ejerza como atenuante a efectos legales, pues los psicópatas saben perfectamente lo que hacen, diferencian lo bueno de lo malo, son incapaces de sentir compasión y sentimientos de culpa y muestran una total indiferencia ante las normas (que ocultan hábilmente porque son maestros en el arte de fingir y de comportarse como empáticos y disciplinados), lo que les convierte en unos individuos muy peligrosos.

En cuanto a los rasgos narcisistas, destaquemos que son propios de individuos con una enfermiza necesidad de ser admirados, unos tipos muy arrogantes, sensibles al desprecio y al rechazo, a quienes les importa más aparentar que ser y cuya soberbia y afán de notoriedad van parejos a la envidia que sienten por el éxito ajeno. El estilo narcisista predispone a adoptar conductas violentas como respuesta a una herida en su ego (narcissistic injury), algo también frecuente en las personalidades psicopáticas. De todo ello se concluye que cuando psicopatía y narcisismo confluyen en un mismo individuo, la combinación puede ser explosiva.


¿Estaba mal diagnosticado Andreas Lubitz?

Es muy probable que Andreas estuviera mal diagnosticado y que el médico que le extendió su baja no detectara un hipotético trastorno antisocial de personalidad y acabara recurriendo a ese cajón de sastre que es el diagnostico de depresión (trastorno del que se abusa al extender partes de incapacidad laboral) debido a la imagen de hastío, frustración, sensación de vacío y falso estado depresivo que muchos psicópatas pueden presentar cuando atraviesan una mala etapa, situaciones en las que pueden llegar a dar la imagen de una depresión que no tienen.

Siguiendo con ésta exposición de probabilidades, el psiquiatra que le diagnosticó depresión al copiloto pudo no darse cuenta (y como médico reconozco que a mí me podría haber sucedido lo mismo) de que estaba ante un trastorno antisocial de la personalidad o psicopatía, un proceso muy difícil de diagnosticar y una eventualidad ante la que, quienes se dedican a evaluar y seleccionar a personal laboral para puestos del que dependan muchas vidas, deberían decantarse siempre a favor de elegir a personas cálidas, afectivas y tiernas que se alejen de la frialdad de espíritu que caracteriza a los psicópatas, unos individuos que están dotados de un encanto superficial que, aunque les permite engañar y hacer ver que son afectivos, su subconsciente puede dejar entrever ciertos rasgos de narcisismo y arrogancia que debería poner en guardia a un experto acerca de su potencial peligrosidad.


Estigmas que soporta el enfermo mental

El estigma es una especie de etiqueta que se le pone a una persona y de la que resulta muy difícil desprenderse hasta el extremo se ser identificado por lo que se le etiqueta y no por lo que se es. Esto sucede por la tendencia de la sociedad a ser muy cruel a la hora de remarcar ciertas diferencias que dificulten que una persona pueda ser aceptada. Un ejemplo claro lo encontramos en las enfermedades mentales, víctimas de un estigma cuyo origen se remonta a estereotipos y mitos injustos trasmitidos a través de siglos de incomprensión. Así, quien sufre una esquizofrenia tiende a ser siempre considerado como un esquizofrénico, cuando nunca a quien padece un cáncer o una hipertensión se le conoce como el canceroso o el hipertensos en cualquier ámbito y contexto.

Esto da lugar a una discriminación que condiciona que el propio individuo afectado se autoestigmatice y asuma los prejuicios que los demás depositan en él, lo que hará que su integración social se resienta y su posibilidad de llevar una vida normalizada disminuya, pasando del autoestigma a la autodiscriminación y con ello, a una elevación de las probabilidades de un fracaso en el tratamiento de su enfermedad.


Soluciones contra el estigma de la enfermedad mental

Habría que educar a la sociedad ya desde las escuelas para que la enfermedad mental no sea considerada un peligro o un estigma y se potencie el contacto con las personas que la sufren con menos miedo y más aceptación ya que, estadísticamente, su peligrosidad siempre es muy improbable.

La sociedad debe estar educada en las enfermedades mentales (y aun más quienes conviven con quienes las padecen) y la información que se recibe de ellas no debería provenir casi exclusivamente de los medios de información que casi siempre relacionan a los enfermos psíquicos con noticias luctuosas.

Se debería potenciar al máximo la integración social y laboral de estos enfermos, pero hacerlo sin un exceso de protección hacia ellos que enfatice en su diferencia ya que esto supondría una estigmatización por discriminación positiva o trato preferencial innecesario.

Es muy positivo buscar modelos de referencia positivos a fin de que la sociedad reconozca que con una enfermedad mental controlada y aceptada se puede llevar una vida normal, integrarse en la comunidad, estudiar, trabajar, relacionarse y hasta conseguir un premio Nobel como el matemático John Forbes Nash (aquejado de esquizofrenia), ser un excelente compositor como Gustav Mahler (aquejado de trastorno bipolar) o uno de los mejores bailarines de la historia, como Vaslav Nijinsky (también esquizofrénico).




Alberto Soler Montagud
Médico y escritor







lunes, 23 de marzo de 2015

Ha muerto Moncho Alpuente








Hace un par de días mientras leía en prensa tu artículo de la sección “Cabeza de ratón”–que nunca me pierdo– no tenía ni idea de que era tu última columna de opinión, dedicada en esa ocasión a denunciar a la oligarquía rica europea en su asfixia programada contra los pobres griegos, pobres de solemnidad en tantos aspectos, y a ese chocolate del loro que es la deuda helena para Alemania y sus socios .

Querido Moncho, me encantó como te mostraste sarcástico, cruel e inteligente, una vez más, en tu póstumo artículo que acertadamente titulaste “La peineta griega”. Que gusto me dio leer cómo supiste lanzar un puñetazo directo al altanero orgullo de los poderosos, justo donde más les duele. Extraigo un fragmento: “...es una provocación intolerable, proteger a los parados, pagarles la luz a los insolventes y subir el salario mínimo mientras los acreedores sufren tremendas penalidades pensando que nunca van a cobrar lo que les deben porque los griegos derrochadores e irresponsables se van a gastar lo que no es suyo en los pobres ¿habrase visto tamaña ofensa?”.

Sábado 21 de marzo de 2015; quien te lo iba a decir –y quien nos lo iba a decir– que mientras disfrutabas de unos días de asueto con tu mujer en Canarias, un puñetero infarto te arrebataría la vida de cuajo a la injusta edad (siempre es injusta la edad que el destino depara para la muerte de cada cual salvo contadas excepciones) de 65 años. Nos has dejado consternados conforme nos íbamos enterando de que habías subido por última vez a tu Seiscientos –¡adelante hombre del 600!– y hacer tuya la carretera nacional más larga, esa que conduce a la eternidad donde pervivirás en la memoria de quienes siempre te recordaremos a través de tu legado.

Aquellos que por edad comparten generación con nosotros entenderán lo que nos tocó vivir en nuestra personal lucha contra el franquismo y sus últimos, pero no por ello menos duros, coletazos. Aunque poco al poco, las libertades hcieran innecesarias las triquiñuelas con que tocaba sortear a las censuras de la dictadura en la lucha y compromiso con esas libertades que soñábamos hacer nuestras, tú has mantenido hasta el final esa inteligente sorna a la que has permanecido fiel incluso cuando ya hace años que no hace falta recurrir a la ironía, la socarronería, el retintín o la doble intención para engañar a los censores.

Música ("Desde Santurce a Bilbao blues band”…); Radio (“Sopa de ondas”, “Calles de Babilonia”…); TV (“Popgrama”…); Teatro (“Castañuela 70”, “Castañuela 90”, “Federico”…), Periodismo en prensa escrita así como un montón de libros publicados en tu faceta de escritor.

Ese es tu legado.

Descansa en paz Moncho, aunque mi deseo sería que nos hubieras regalado unos decenios más de guerra.




Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

miércoles, 25 de febrero de 2015

Venezuela, un gobierno ‘maduro’ pero poco democrático






Considero inadmisible que ciertos gobiernos se autodenominen democráticos, pero aun más que sean considerados como tales por quienes miran hacia otro lado cuando se encarcela a sus disidentes y cuando se reprime con violencia a la población en las manifestaciones donde no se vitorea al oficialismo sino, por el contrario, se expresa el desacuerdo con el modo en que se es gobernado.


Viene esto a colación de la muerte, ayer martes 24 de febrero de 2015, de un estudiante de catorce años al recibir un disparo en la cabeza durante una manifestación en el Estado de Táchora (Venezuela), la misma región donde hace un año murieron 43 ciudadanos en el curso de varias protestas populares antichavistas.

Es igualmente inadmisible que verdaderas democracias mantengan conniventes e hipócritas relaciones diplomáticas y comerciales con países donde no se respetan ciertos derechos humanos y las libertades brillan por su ausencia.


Del mismo modo, censuro a los grupos ideológicos que se resisten a condenar claramente sucesos como el descrito o recurren a peregrinas explicaciones para justificar tropelías como la acaecida ayer en Venezuela.

Contrasta que la ministra de Interior venezolana declarara, tras los disturbios, que «un oficial de la Policía Nacional Bolivariana presuntamente implicado en el hecho, y quien declaró haber efectuado un disparo al estudiante con una escopeta con municiones de goma, fue pasado inmediatamente a la orden del Ministerio Público para establecer las responsabilidades», mientras que el presidente Nicolás Maduro hablara claramente del «asesinato» de un niño en el curso de unos actos que «estaban [generando] violencia», todo ello pocas semanas después de que el propio Gobierno de Venezuela que él preside autorizara el uso de armas de fuego en las manifestaciones.






Si ya es difícil de digerir que el jefe del Ejecutivo de una nación asegure que su fallecido predecesor, Hugo Chávez, se le apareció en forma de pajarito y que él sintió «su espíritu como dándonos la bendición», más llamativo y contradictorio me resulta que desde el Partido Popular, por poner un ejemplo de incoherencia, se condenen ciertas prácticas antidemocráticas en Venezuela al tiempo que el Gobierno que preside Mariano Rajoy permite la exportación a Venezuela material antidisturbios que sirve para reprimir manifestaciones como la que ayer acabó con la vida de un niño.

Cuánta hipocresía y con cuanta ligereza se utiliza por muchos el término democracia.



Alberto Soler Montagud
Médico y escritor

viernes, 20 de febrero de 2015

Rafael Prats Rivelles - In Memoriam (1943-2015)






El 18 de febrero de 2015, murió en L´Eliana (Valencia) 
el crítico de arte, escritor y periodista, Rafael Prats Rivelles



Querido amigo Rafa:

Me encuentro sentado a una mesa en el pub donde cada tarde meriendo un café con leche.

Perdona que te escriba a través de mi teléfono móvil. Me consta que un veterano periodista como tú considerará una herejía que recurra a tan atrevida modernidad para convertir en palabras las ideas, pensamientos y sentimientos que hoy brotan de mi corazón tras conocer tu repentina ausencia.

Te anticipo que, intencionadamente, pienso a recurrir a la manida metáfora de comparar la vida con un viaje. Imagino que tan trasnochada comparación te parecerá algo cursi, pero intuyo que sabrás disculparme como siempre que has tenido la deferencia de estar de acuerdo conmigo, incluso cuando me has corregido sin que yo me percatara de que, además de amigo, ejercías como ese maestro y referente que siempre has sido para mí.

Como decía Serrat, desde ayer por la tarde, cuando supe de tu muerte, "no hago otra cosa que pensar en ti" y en el viaje que has decido emprender después de estar varios meses despidiéndote de quienes te queremos y nos negábamos a aceptar una realidad que, tarde o temprano, amenazaba con materializarse, como finalmente ha sucedido, súbitamente, cuando todo hacía prever que aun estarías unos años más con nosotros.

Hoy estoy mas convencido que nunca de que la vida es como un largo viaje en tren. Con estaciones y con destinos que pocas veces decidimos y para los que siempre deberíamos estar preparados. Según he ido aprendiendo de la experiencia, en cada trayecto de ese inexorable viaje, es preferible equivocarse al elegir una ruta que no bajarse del tren por impotencia o confiar que sean otros quienes decidan por nosotros.
También he asimilado que conseguir una plaza confortable puede servirnos de ayuda para desempeñar con más confort nuestros cometidos, pero a sabiendas de estar dispuestos, por si llegara el momento, a viajar en asientos de madera o incluso ir sentados en el suelo si las circunstancias así lo impusieran.

Estas son reflexiones que hemos hecho juntos muchas veces y, en cierto modo, enseñanzas que he aprendido de ti cuando me contabas tus experiencias profesionales y tu peregrinar por emisoras de radio y periódicos en tu lejana juventud, unas veces con más incomodidades que otras pero siempre con éxito y trabajando según el dictado de tu conciencia y, sobre todo, con una ética intachable y con una ilusión a prueba de bombas para que nada ni nadie pudiera arrebatarte tus ides, tu bonachona socarronería y tu inteligente sentido del humor.

Hemos hablado en diversas ocasiones, querido Rafa, de lo importante que es saber recuperarse ante la adversidad y lo útil que resulta aprender de la experiencia para llegar ser tan sabio como tú lo eras.
Me consta que el último trayecto de tu viaje, mi buen amigo, ha sido largo y denso en sufrimiento aunque injusta y relativamente breve si consideramos que merecías haber conocido unas cuantas estaciones más en las que haber disfrutado y hacernos disfrutar con tus experiencias aunque te fuera cada vez más difícil conciliar el ritmo de tus posibilidades con las exigencias de unas circunstancias que tu debilitado cuerpo necesitaba fueran cada vez más serenas y pausadas.

En tu última etapa me resultó obvio como ibas asumiendo (a veces consciente y otras inconscientemente) la cercanía de tu meta y que, mas tarde o más temprano, te verías forzado a abandonar tu vagón con la dignidad que siempre te ha caracterizado, algo que finalmente has hecho con la certeza de haber sido un honesto y digno viajero que ha vivido y ha dejado vivir; que ha querido y se ha dejado querer; que ha estado donde debía estar y que ha dejado huella y simiente en ese tren de la vida que, desde ayer, seguirá su camino sin ti pero lleno de ti, de tu obra y de todos esos recuerdos que, quien sabe si algún día, en algún lugar que no sé si existirá, podremos disfrutar juntos de nuevo si el destino así lo decidiera.

Sin duda, amigo Rafa, haber compartido un trocito de mi vida contigo ha sido un privilegio. Sólo por estas prerrogativas y por la existencia de personas como tú es por lo que merece la pena vivir aunque, a veces, la vida nos parezca tan injusta.

Buenas noches, buena suerte y feliz viaje.


Tu amigo

Alberto Soler Montagud

miércoles, 11 de febrero de 2015

¿Y si Eduardo Madina hubiera ganado las primarias del PSOE en 2014?






Tras perder las elecciones primarias a la secretaria general del PSOE Eduardo Madina rechazó la oferta de Pedro Sánchez de entrar en la nueva dirección del partido y se limitó a mantenerse, discretamente, en su escaño del Congreso hasta el término de la legislatura.

Tanto Madina como el líder de la corriente Izquierda Socialista, Antonio Pérez Tapias, el tercer aspirante a las primarias del de julio de 2014, asumieron su derrota sin revanchismos ni armar ruido. Y así fue hasta que, en la última la reunión interna del Grupo Parlamentario Socialista, Madina manifestó su malestar (y el de un amplio sector del grupo) al criticar la proposición de ley del pacto antiterrorista de corte yihadista suscrito por Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, al interpretar que este acuerdo suponía “un aval del PSOE a la cadena perpetua” eufemísticamente denominada como prisión permanente revisable.

Aunque el desacuerdo de Madina y del resto de diputados socialistas que le secundaron no pasó de ser una discrepancia interna, la noticia trascendió a la opinión pública y ha supuesto el fin de un largo silencio (por parte del diputado Madina) así como una gota más dentro del vaso de la tensión interna del PSOE y una rebelión ante Pedro Sánchez a pocas semanas de las elecciones autonómicas y municipales que añade leña al fuego de las críticas que cuestionan el liderazgo del actual secretario general socialista.


¿Y si Madina hubiera ganado las primarias del PSOE?

La reaparición de Madina me ha hecho reflexionar sobre una circunstancia que ya analicé en las semanas previas a las primarias socialistas, a principios del pasado verano, cuando me decanté por su candidatura aun siendo escéptico de su victoria, que sólo contemplaba como posible en un duelo entre dos por considerar que la presencia de un tercer candidato le perjudicaría. Y así fue, pues de no haberse presentado Pérez Tapias, los votos de éste último habrían ido para Madina y no para el candidato oficialista.

Es por ello que, en la coyuntura actual y ante el declive que sufre el PSOE y las tensiones internas que zarandean su estabilidad, me pregunto que habría sucedido si Eduardo Madina hubiera ganado las primarias.

Especulo que con Eduardo Madina como secretario general, habría quedado más patente el izquierdismo del PSOE y habría sido menos masivo el trasvase de votos socialistas a Podemos. La imagen de Pedro Sánchez irradia más conservadurismo que el izquierdismo que rezuma Madina quien, con su radicalismo, habría puesto más difícil a Pablo Iglesias tildar de casta al PSOE.

Del mismo modo, tengo la impresión de que, si Eduardo Madina hubiera ganado las primarias, el escenario de las generales de 2015 sería bien distinto y la euforia de Podemos menos arrolladora, pues es una euforia promovida no tanto por méritos propios sino por el rechazo de la ciudadanía a los partidos tradicionales y el avivamiento que Podemos ha sabido rentabilizar a partir de la rabia, la impotencia y la indefensión de los ciudadanos decentes ante la corrupción.

Pero, el caso es que ni el PSOE ni IU hicieron bien sus deberes y el resultado ha sido la imposibilidad de que en nuestro país haya una coalición de izquierdas que habría podido matar a varios pájaros de un solo tiro: acabar con el bipartidismo en el que se ha visto inmerso el PSOE desde la transición, facilitar la derrota de la bien cohesionada derecha y derechona  (aunque con unas tremendas crisis internas que disimulan como pueden) y ya de paso, impedir que un partido como IU acabe desapareciendo como seguramente sucederá si el proyecto Podemos sigue adelante, pletórico de buenas intenciones y de aun mejores ideas, pero con unos toques de mesiánica utopía que le resta credibilidad si contemplamos al recién nacido partido desde la perspectiva del mundo real y según los criterios que definen lo que en Europa (y no en otras sociedades, en otros países) se entiende por democracia.

Tal vez una hipotética coalición formada por el PSOE de Eduardo Madina e Izquierda Unida habría bajado los humos a Podemos que, finalmente, se habría sumado a un proyecto tripartito. Sin embargo, la ineptitud de unos, la ambición de otros y el voto de la rabia, han hecho que el techo de Podemos no sea ya sólo entrar en política sino gobernar por encima de todo, algo para impensable (incluso para ellos) cuando eran unos educados e inteligentes tertulianos, profesores universitarios que debatían con elementos como Francisco Marhuenda y Eduardo Inda sin perder nunca los papeles.

Solo el tiempo nos dirá como evolucionan los acontecimientos.




Alberto Soler Montagud
Médico y escritor